Florescencia

Maíces

A raíz de la presentación de Migrante, mi libro autobiográfico, en Santa Eulalia y la cabecera de Huehuetenango, junto con mi equipo decidimos plantar una semilla y cuidarla hasta que florezca, como símbolo de identidad, compromiso y agradecimiento. Queríamos sembrar granos de maíz de los cuatro colores: blanco, amarillo, negro y rojo. Mi gran sorpresa es que ha sido casi imposible conseguir la variedad roja. Entre amigos, abuelos de algunos pueblos, montamos un gran esfuerzo para buscarlo en muchos lugares y comunidades. Ha sido más difícil de lo que imaginaba. Al final logramos conseguir dos mazorcas, que eran celosamente guardadas por unos ancianos mayas.

Veo importante escribir sobre esta experiencia ya que el maíz es un alimento esencial en la dieta guatemalteca, pero representa mucho más: es cosmovisión y símbolo milenario sagrado. Para los pueblos que cuidan del maíz, el desarrollo no necesariamente significa ganancias exorbitantes. Claro que son agricultores y comerciantes; lo han sido siempre, pero son productores, creativos y trabajadores que ven el trabajo desde la familia, desde el equilibrio entre estar bien y compartir, de ser parte de una comunidad.

El maíz tiene esa lógica. Alrededor de este grano ancestral giran tradiciones: la unión familiar para sembrar, limpiar y tapiscar. La cosecha no es toda para vender, sino es la base de la alimentación diaria como atoles, tortillas, tamales, chuchitos, sopas y un sinfín de variantes. Una parte se guarda para plantar en la siguiente temporada y lo que sobra se vende para comprar otros productos. Por esto es que la visión de los pueblos que cuidan del maíz, no es totalmente mercantilista, sino una visión integral.

Según el libro sagrado Popol Wuj, los mayas fueron creados y formados con maíz. La carne, sangre y huesos están hechos con base en la mezcla de los cuatro colores de maíz: amarillo, blanco, negro y rojo. Esta interpretación metafórica debe entenderse como la importancia que juega el maíz en nuestra relación social diaria, en nuestra vida comunitaria y familiar, en esa búsqueda constante del equilibrio y bienestar.

A pesar de la importancia cultural del maíz en Guatemala, es impresionante que tal herencia milenaria se encuentre en tal estado de vulnerabilidad y peligro de extinción, por pérdida de la biodiversidad, ingreso de variantes genéticamente modificadas, por descuido de las autoridades a cargo de la producción agraria y también por reducción de terreno donde hacer cosecha.

Me sorprende saber que Guatemala es el país donde se encuentra Paxil, el mítico sitio de origen del maíz, según lo analizó el antropólogo Carlos Navarrete. Pero más aún me sorprende que a pesar de ello se estén perdiendo las variedades tradicionales y sea tan difícil conseguir mazorcas de los cuatro colores del grano. Uno lo ve en los anuncios promocionales de turismo, en carteles culturales o artísticos y tiene la sensación de que nada pasa. Pero la realidad es otra. Mientras nos esforzamos por lograr el mejor discurso de multiculturalidad y en vender atractivos de turismo, en el fondo, nuestra diversidad biológica y cultural está muriendo y desapareciendo. ¿Cómo es posible que esto esté pasando frente a nosotros sin que nos demos cuenta?

Aún estamos a tiempo de rescatar esta riqueza. El maíz criollo maya ha demostrado una resistencia milenaria a plagas y clima. Podría ser la base para proyectar variedades básicas para la seguridad alimentaria. Y si usted quiere experimentar la alegría de crecer con la naturaleza y la sabiduría ancestral, plante una semilla de maíz, véala crecer y dese el gusto de sorprenderse.