Catalejo

Números predicen números preocupantes

Mario Antonio Sandoval

Los resultados emanados del estudio de Prodatos, publicados ayer en este periódico, no dejan lugar a duda acerca de los reales efectos de la pandemia del coronavirus. Según las predicciones del instituto de Tecnología de Massachusetts, hoy existen 10,748 casos, y el 15 de agosto habrá casi cinco veces más: 49,785. El Centro Johns Hopkins señala 439 muertos de 8,516 confirmados, o sea 5% del total. Esta cifra alcanza 900 mil personas (calculadas sobre una población total de 18 millones). En teoría, puede morir esa suma de guatemaltecos, de los cuales son mayores de 65 años alrededor del 3 por ciento, o sean 27 mil adultos de la tercera edad. Estos números son importantes aunque complicados, pero dan una guía de cómo hoy se encuentra la situación.

El estudio publicado ayer también muestra: hay indiferencia respecto a la gravedad de la pandemia entre el 58% del nivel poblacional ABC; 64% en el nivel bajo: 62% entre los hombres y 67% entre las mujeres. Los adultos mayores se cuidan más: 57% hombres y 69% mujeres; 79% entre quienes tienen 65 años o más; 63% en el nivel ABC y 64 en el popular. Se cuida mucho el 64%, algo el 25% y nada el 11%. Para cuidarse, usan mascarillas, el 100%; se lavan las manos con frecuencia, quitan los zapatos al entrar en casa, 38%. Ha habido 122 muertes entre 61 a 80 años, y 19 entre 81 en adelante. Deben ahora señalarse las dificultadas causadas por la situación cultural y económica, así como las complicaciones causadas por estas en la recuperación del país.

Se ha señalado con frecuencia la terrible alternativa: morir de hambre o morir de enfermedad. En una sociedad como las europeas, esto tiene sentido. Pero en Guatemala no lo tiene, porque los estratos precarios, la economía informal, obligan a salir a la calle a ganarse la vida, como también ocurre en la totalidad del mundo. El abarrotamiento de personas en autobuses, mercados, se une a la decisión de no creer o de no darle al problema su verdadera importancia, y por ello confiar en la responsabilidad personal de cada uno resulta una utopía, atacada por el hambre y la necesidad de sobrevivir económicamente. Todo ello causa no sólo un ahondamiento de los efectos de la crisis, sino una prolongación del regreso a cualquier clase de normalidad.

A riesgo de parecer repetitivo, es fundamental entender los efectos de la corrupción y del nepotismo, o más bien del “hijismo”, no siempre obvios. Ya están comenzando a pasar la cuenta los vergonzosos robos al erario, la participación en negocios turbios desde hace decenas de años y, sobre todo, convertir al pillaje en el centro de la actividad burocrática. El ejemplo más claro de irresponsabilidad lo muestra la inmoral decisión de no pagarle desde hace meses a médicos y demás personal relacionado con la medicina. Se les pide ir a combatir a un enemigo fantasma, sin armas ni suministros, y encima en un ad honorem forzado, a pesar de tener miles de millones disponibles, no repartidos por una burocracia causante de vómitos de rabia a toda la ciudadanía.

Se debe entender: abrir la economía es condenar a muerte a muchos, de cualquier estrato socioeconómico, aunque por desgracia no haya remedio, pero también este número puede multiplicarse sin control. Pienso en el capitán de un barco naufragante cuando debe escoger a quiénes lanzará al mar sin salvavidas, o al médico obligado a curar solo a los soldados con oportunidad, no a quienes están a punto de morir, sin esperanza. Guatemala es un barco naufragante por muchas, añejas y difíciles razones. Los médicos están luchando en el mundo por vencer la enfermedad, cuya corta vida implica buscar distintos caminos y por ello no tiene sentido criticarlos porque no hay unidad en los criterios para buscar la cura, sobre todo en los países subdesarrollados.