Catalejo

Riesgos de anunciar un gabinete incompleto

Mario Antonio Sandoval

El presidente electo Alejandro Giammatei hizo públicos el lunes y ayer los nombres de algunos integrantes de su gabinete, en una decisión política de dos caras: por un lado, no tiene precedentes y por ello puede ser considerada como una acción hasta cierto punto valiente. Pero por otro, es arriesgada porque solamente hasta el 14 de enero a las 14 horas se podrá saber con seguridad quiénes lo integran. Faltan tres nombres, de los ministerios más importantes a causa de la coyuntura actual: Gobernación, Relaciones Exteriores y Defensa. Pese a ello no se deben aceptar como válidas las informaciones algunas veces malintencionadas sobre este equipo, susceptible de cambiar en su integración debido tanto a una serie de causas variadas como de imponderables.
Un gabinete no es el lugar donde se va a aprender del tema, sino cómo se aplica el conocimiento personal en el campo político. No es un puesto técnico, sino político-técnico. La manera válida de pensar desde ambas perspectivas separadas es distinta. Es necesaria, además, una capacidad natural de expresión adecuada, de lenguaje entendible para la mayor parte posible de personas y sobre todo el convencimiento de ser vistos como una unidad por la ciudadanía y como integrantes de una especie de cofradía con ideas y objetivos comunes. Por esta causa, los errores de uno de sus miembros —no digamos las acciones dudosas o delictivas— son vistas como compartidas por todos. El presidente debe entonces “torear” a sus colaboradores y a sus egos.

El gabinete al ser anunciado oficialmente provocará acciones muchas veces malintencionadas contra quienes aceptaron integrarlo. En otras ocasiones, son las familias y otras personas cercanas encargadas de convencerlos de declinar el puesto ya aceptado. El largo tiempo entre hoy y el 14 de enero puede ser fuente de arrepentimiento y como un derivado, la posible reducción de la calidad personal de algunos integrantes. Es un equipo, como son los motores, tan débil y malo como la parte más débil o mala. Y esto a la vez es una posible razón del cambio en las personas, en especial quienes tienen un buen nombre y por ello deben defenderlo, además de tener el derecho humano de cambiar de opinión, ya sea antes de asumir o cuando se sientan no apoyadas por el resto del equipo o el propio Presidente de la República.

Es imposible evitar ambiciones personales, gente convencida de merecer un premio por su apoyo a la campaña, o pertenencia al partido oficial. Otros harán lo posible por “quemar” o desesperar a los escogidos. Otro problema es la posibilidad de disgusto entre uno o varios ministros de decisiones de un colega o del presidente, o también el despido sorpresivo a causa de presiones contra el ministro. Entonces se pone a prueba la lealtad del mandatario hacia quienes él ha llamado para hacer gobierno, aunque un ministro es un fusible político para enfrentar descargas. Pero hay una forma, a mi juicio, de asegurar la mutua fidelidad. Se trata de un intercambio de cartas de renuncia, pero sin fecha, una para el ministro y la otra para el mandatario, al momento de llegar al cargo.

Así cuando cualquiera de los dos ya no se sienta cómodo, simplemente pone fecha. De esa manera no hay engaño ni debe haber molestias ni sentimientos cuando uno de los dos entrega la carta al otro. Es de particular importancia porque ahora el desprestigio de los últimos gobiernos ha alcanzado a los integrantes del gabinete. En la forma sugerida hoy se garantiza un pacto mutuo de confianza. Un cargo fundamental es el vocero. No necesariamente debe ser un periodista, debido a los celos naturales en el gremio, pero sí tener una cercanía total con el mandatario, quien a su vez necesita darle su lugar y abstenerse de utilizar los tuits, Facebook y demás para comunicarse. Los discursos deben ser leídos, no el resultado de la ocurrencia momentánea del orador.