Columnas Diarias

Valores Hollywood

Una historia que parece ajena y remota

Con ánimo crítico, me dispuse a ver la cuarta temporada de la serie televisada True Detective. Encuentro interesante la manera en la que resalta varios hilos de “valores Hollywood”; posmodernismo, poscolonialismo e interseccionalidad.

Al final, se hace evidente que no fue un espíritu cósmico; todo es culpa de la mina.

La serie se desarrolla en un remoto pueblo en el norte de Alaska; todo está cubierto de nieve, el frío es intenso y no alumbra la luz del día. La razón de ser del pueblo es la existencia de una mina, que provee los empleos, la escuela y energía eléctrica; la comunidad gira alrededor de este alto y remoto poder. Nunca se llega a saber qué mineral extrae o cómo lo hace. Lo que es abundantemente claro desde el inicio es que la mina se presenta como una fuerza siniestra, que además es responsable de contaminar el agua potable.

Los nativos de la región son los pueblos inupiaq, víctimas de la mina, que destruye su inocencia y arruina sus vidas al introducir toda esa modernidad que interfiere con la naturaleza y la fuerza cósmica. Ocurren varias muertes misteriosas en el pueblo, empezando con el brutal homicidio de una mujer inupiaq, una comadrona y activista contra la mina. Varios científicos que trabajan en un centro de investigación polar son encontrados desnudos y congelados entre la nieve; resultará que murieron de miedo, no de frío. La trama sugiere y juega con la posibilidad de que la causa del terror es una fuerza espiritual ancestral que ha sido despertada; al mismo tiempo, invita a la idea de que el malhechor es la mina. De fondo están los dramas y descomposición emocional de los principales personajes y la comunidad inupiaq que protesta contra la mina.

Al igual que el posmodernismo, los personajes importados al pueblo, instrumentos de la mina colonizadora son fundamentalmente ateos. A pesar de rechazar su herencia occidental cristiana como primitiva superstición, tienen fascinación por las creencias espirituales de los pueblos ancestrales del lugar. Sin creer en su propia espiritualidad o una fuerza mayor, admiran, envidian y ennoblecen las creencias y prácticas espirituales de los inupiaq, el animismo. La naturaleza, desde los árboles, las montañas y el río, hasta los osos y pájaros, son sagrados, poseen una fuerza cósmica que tiene agencia; actúan, afectan e intervienen en la vida humana.

Hay varias escenas de relaciones sexuales; todas casuales, por la necesidad de satisfacer un impulso o hacer ejercicio. No son relaciones románticas, sino encuentros furtivos, apresurados. Las mujeres, sintiéndose inquietas, buscan al hombre; con un par de empujones lo presionan contra la cama o la pared y le practican el acto. El hombre es quien quiere introducir algún sentimiento o expresión de cariño; la mujer lo corta en seco y rechaza todo sentimentalismo. Prácticamente, todos los episodios sexuales y en general la dinámica íntima entre hombres y mujeres es disfuncional. La única relación que podría describirse como romántica, amorosa y sana se da entre dos chicas adolescentes.

Los personajes inupiaq portan teléfono celular que usan para chatear, postear videos y coordinar su activismo contra la operación extractiva. Se movilizan en automotores, ven televisión, utilizan estufas, calefacción, refrigeradores y detestan la mina. Durante varios episodios, el televidente es inducido a creer que un espíritu que vive en la nieve ancestral, despertado por la maldad de modernismo, es el responsable de los homicidios. Al final, se hace evidente que no fue un espíritu cósmico; todo es culpa de la mina.

Esta historia podría parecer ajena y remota, pero no lo es. Los valores Hollywood están despiertos.

ESCRITO POR:

Fritz Thomas

Doctor en Economía y profesor universitario. Fue gerente de la Bolsa de Valores Nacional, de Maya Holdings, Ltd., y cofundador del Centro de Investigaciones Económicas Nacionales (CIEN).

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