EDITORIAL

Costa Rica se libró del sectarismo religioso

Las elecciones del domingo pasado en Costa Rica dejan más de una lección para los latinoamericanos. Quizá la más importante es el mensaje que enviaron los electores para que la conducción del Estado se mantenga al margen de cualquier sectarismo religioso o de cualquier posible confusión entre creencias personales y la conducción de grandes conglomerados sociales.

La victoria del oficialista Carlos Alvarado tampoco debe ser vista como un mérito propio o del partido de Gobierno, pues en buena medida la responsabilidad también recae sobre el candidato opositor Fabricio Alvarado, quien había salido triunfador en la primera vuelta electoral, pero que sus ataques a figuras religiosas e íconos del catolicismo costarricense también abrieron enormes grietas en sus aspiraciones.

En el fondo, es la respuesta de los votantes hacia cualquier radicalización de la administración del Estado, porque el candidato oficial tampoco parecía reunir los suficientes méritos como para convertirse en el artífice de una victoria, porque Costa Rica pasa por una de sus peores crisis de su historia reciente.

Era tanta la preocupación por un triunfo del aspirante fundamentalista, que muchos ticos abandonaron su descanso de Semana Santa para volver a sus lugares de residencia con el fin de asistir a las urnas, lo cual hicieron en una jornada histórica en la que la participación en las urnas estuvo por encima del 67 por ciento, algo inusual para muchos países latinoamericanos.

A eso se debió que la elección del candidato oficialista se diera además por un amplio margen de votos, para hacer más contundente el mensaje de que se buscaba frenar potenciales riesgos para la recuperación del país y probablemente porque experiencias similares en países vecinos también pudieron haber servido de aliciente para no incurrir en errores lamentables para el desarrollo democrático.

Costa Rica ha logrado superar ese obstáculo, pero ahora viene la parte más difícil: buscar vías de entendimiento para sacar al país de una de sus más profundas crisis. El candidato ganador constituía el mal menor en esta segunda vuelta definitoria, lo cual se constata con el desprestigio del partido de Gobierno, también marcado por sospechas de corrupción, lo que en todo caso pesó menos que las descalificaciones proferidas por el pastor evangélico convertido en improvisado político.

La juventud del candidato triunfador, 38 años, también puede ser un duro obstáculo por vencer, pues se convierte en el presidente más joven de Latinoamérica y por más que no se quiera ver así, a esa edad es difícil tener la suficiente madurez y preparación como para asumir un reto de tal envergadura en un momento crucial para un país.

Es tanta la expectativa entre los costarricenses con este fortalecimiento de la democracia, que de inmediato el sector empresarial pidió que se empiece a trabajar en la reactivación de la economía, reducir las tasas de desempleo, mejorar la competitividad nacional y la deficiente infraestructura vial, para marcar los ejes más urgentes sobre los que el nuevo Gobierno debe empezar a trabajar y que obviamente no pudo hacer el presidente Luis Guillermo Solís en sus cuatro años de gestión que concluyen en 35 días.