Cable a tierra

¿De dónde venía Jakelin?

Karin Slowing karin.slowing@gmail.com

Conocí Raxruhá en 1997. Tomaba como seis horas de muy mal camino llegar de Cobán hasta Chisec; se estaba haciendo la carretera que ahora conecta ambos lugares en Alta Verapaz. La nueva carretera acompañaba al oleoducto que llevaba el “oro negro” extraído de los campos de Rubelsanto y del ramal del campo Xan en Petén, rumbo a Santo Tomás de Castilla. Ambos ramales convergían en Raxruhá, en ese entonces, todavía una aldea de Chisec. Polvoriento, caluroso, apenas si había alguna infraestructura. Más que aldea, este solía ser un corredor migratorio de convivencia histórica con la agricultura de subsistencia. En ese entonces parecía una especie de enorme campamento de trabajadores que llegaban atraídos por la posibilidad de trabajo generado por el oleoducto y la construcción de la Franja. Y con ellos, mujeres y niños en precarias condiciones de vida y de salud.

Los altos índices de muerte materna me llevaron a Raxruhá. Con unas colegas intentábamos entender la visión de las mujeres y hombres q´eqchí acerca de la salud sexual y reproductiva. Trabajábamos con las mujeres al aire libre, bajo la sombra de un árbol porque no había ni salón comunal; tratando de espantar el calor y los zancudos, respirando entre la polvareda. A pesar de estar cruzado por un río, el agua potable era uno de los principales déficits. No resultó difícil comprender por qué tanta muerte materna y desnutrición.

Unos 10 años después volví a Raxruhá. Ya había buena carretera, pero el lugar seguía casi igual de inhóspito y polvoriento. Llegamos de la Secretaría de Planificación para apoyar al primer alcalde del nuevo municipio (finalmente consiguió su “independencia” de Chisec) para formular su plan de desarrollo territorial. En ese entonces, el alcalde parecía querer hacer las cosas bien y nosotros pensamos ilusamente que Raxruhá podría llegar a ser un municipio modelo de cómo lograr un desarrollo ordenado y planificado en nuevos municipios. En menos de dos años la política clientelar se había engullido esa ilusión.

Sin embargo, Raxruhá tenía problemas todavía más de fondo. A la falta de servicios básicos y ambientales se superponían los económicos: en 20 años se transformó el uso del suelo. De la agricultura de subsistencia, Raxruhá pasó a ser un territorio de grandes extensiones con monocultivo, especialmente de palma africana. De agricultor de subsistencia la gente pasó a ser jornalera; sin tierra, y con trabajo solo eventual y a destajo. De hecho, un amigo decía no hace mucho que al jornalero debería entendérsele en Guatemala como una nueva categoría de sujeto vulnerable.

El diagnóstico hecho ya hace casi una década señalaba que: “El ingreso promedio en la agricultura era de Q40 por día; en la ganadería, Q50; y en el comercio: Q60-100 por día”, mientras que el salario mínimo agrícola en ese entonces era de Q1,433.50, y la canasta básica alimentaria costaba Q1,941.65, según el INE”. La vida de los hombres de Raxruhá era de jornaleros, migrando entre las fincas de palma africana, cardamomo y ganado. Otros optaban por irse para los Estados Unidos. Diez años más tarde lo intentaría también el papá de Jakeline.

Sirva esta breve pincelada de lo que es Raxruhá para entender de qué entorno escapaban Jakeline y su papá. Allá se quedó el resto de su familia, con la esperanza ahora doblemente rota.

Así las cosas, todavía hay gente que se resiste a entender que el país debe ser para todos y sigue exigiendo solo privilegios para sí. Jakeline no murió solo por deshidratación; su certificado de defunción debería decir que la avaricia de otros es la causa subyacente de su muerte.

karin.slowing@gmail.com