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Contradicciones y pretextos insalubres

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Los descuidos y las contradicciones pueden afectar eventualmente la comunicación gubernamental de cualquier país. Cuando tales fallos no se corrigen se pasa de las pifias a las imprudencias, a las reincidentes ambigüedades e incluso errores de alto costo político. En ese caso pueden pasar dos cosas: o se está en presencia de una total ineptitud en el manejo de las relaciones públicas o existe una deliberada estrategia dirigida a generar ruido, confusión y distracción, un oblicuo enfoque dirigido a ganar tiempo para agendas interesadas.

Contrasta la asidua comparecencia presidencial durante los primeros meses de la pandemia con la actual vocería compartida entre funcionarios ministeriales, encabezados por la propia titular de Salud, Amelia Flores, cuya más reciente declaración refiere el agotamiento de existencias de la vacuna rusa, el desconocimiento de las fechas de próximas entregas, así como el anuncio de que no dará más declaraciones a causa del desgaste que ello representa: prácticamente la misma incomodidad que el presidente Giammattei rehuye en el tema de la pandemia, debido a que no hay más instalaciones por estrenar ni más restricciones o permisos, sino solo cifras de muertes, carencias hospitalarias y los constantes cuestionamientos sobre las vacunas ya pagadas, cuyas entregas son a cuentagotas y por cada una de las cuales el Gobierno aún busca bombos y platillos.

El canciller Pedro Brolo, que viajó a Rusia con la clara misión de trazar certezas sobre la calendarización real de las entregas o hasta la improbable rescisión del contrato, prefiere anunciar en su primera comunicación una futura visita de empresarios rusos para evaluar posibilidades de inversión. Interesante previsión, pero ¿qué pasa con la prioridad por la cual fue enviado?

La más reciente ambigüedad que contribuye a hacer más insalubre la comunicación gubernamental fue el anuncio del comienzo de registro para la vacunación de docentes universitarios, sobre lo cual Salud salió a rectificar que solo abarcaba a maestros de primaria y secundaria. Parafraseando al cantautor Ricardo Arjona, se puede decir que el problema no es que haya equívocos, el problema es que se repiten periódicamente.

Primero fue la confusión sobre el inicio de vacunación para adultos mayores en Semana Santa, lo cual causó largas filas; después vinieron los cruces de etapas por grupos etarios mayores de 70 años, luego de 60 y de 50, sobre lo cual se dijo primero que no hacía falta recibir notificación de cita y después que sí. El 27 de mayo, el mandatario culpó a la ciudadanía de no acudir a vacunarse, llamó a que asistiera y ello detonó aglomeraciones en lugares donde había limitadas dosis diarias.

A estas alturas de la pandemia es penoso que el pueblo de Guatemala esté sujeto a la venia de las autoridades rusas para disponer de las vacunas que ya fueron pagadas. A estas alturas de la historia de las relaciones con Estados Unidos es absurdo que no se haya planteado a la vicepresidenta Kamala Harris el interés por comprar dosis que esa potencia tiene ya en excedencia. Léase bien, no una donación, sino una compra, más próxima y con el principal socio comercial y geopolítico. Pero, claro, es posible que haya otros intereses en juego que frenen, condicionen o impidan una proactividad de este tipo. En todo caso, cada vida que se pierde por covid-19 y que está en el rango de edad de vacunación, pero que no la ha recibido, pesa para la historia sobre el presidente Alejandro Giammattei y su equipo.