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Cultura puede hacer la diferencia

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Observar a niños virtuosos del violín, el chelo, el piano o la guitarra es fascinante, y en Guatemala, por historia y tradición, existe un gran talento para las artes, no solo musicales, sino también dramáticas, coreográficas, literarias, visuales, cinematográficas. No está de más decir que todas estas aptitudes no solo apuntan a carreras profesionales en estas disciplinas, ya que su fomento desde corta edad puede multiplicar las inteligencias matemáticas, cognitivas, espaciales, mnemotécnicas, de razonamiento abstracto y cinéticas a través de conexiones neuronales que permiten un mejor aprendizaje.

Las artes constituyen en sí mismas una ventana de oportunidad para países como Guatemala, cuya niñez y juventud padecen a menudo condiciones de marginalidad, desintegración familiar y social, limitaciones educativas, así como el asedio de pandillas y grupos criminales. Los programas de sensibilización estética y cultivo de destrezas artísticas permiten reducir la conflictividad, canalizar las experiencias y sensibilizar a la sociedad sobre todos estos problemas.

Algunas municipalidades y entidades no gubernamentales desarrollan programas dirigidos a reducir el ocio y convertirlo en un tiempo de construcción personal. Sin embargo, la principal obligación de implementar y sistematizar este tipo de capacitación creativa es del Ministerio de Cultura, una cartera que desde su creación, en 1986, ha mostrado un rendimiento discontinuo, limitado y escindido por la atribución, impuesta de origen, de atender al deporte no federado, rama que dispone de un presupuesto “constitucional” y desproporcionado respecto del fomento de las artes y conservación del patrimonio.

Por el Ministerio de Cultura ha pasado de todo: burócratas inexpertos, aprendices de administrador, operadores políticos y hasta financistas. Rara vez se ha tenido a un artista o un profesional capaz de conceptualizar una política cultural de largo plazo para un país con la riqueza histórica, antropológica y arqueológica de Guatemala. Las excusas son recurrentes: no hay recursos o se asignó menos de lo solicitado en el presupuesto, y nunca falta quien crea que las artes son un “lujo”. Eso sí, en esta dependencia se han metido plazas clientelares por decenas, al punto de que actualmente hay 971 “asesores”, muchos sin siquiera un grado universitario.

Si el recién nombrado ministro de Cultura en verdad busca dejar una impronta positiva, puede comenzar por depurar a los “asesores” y replantear el presupuesto de conservación y recuperación de sitios arqueológicos, incluyendo aquellos que aún no están habilitados para visitas; debe retomar el proyecto de un gran museo nacional de Arqueología, a fin de sacar de los sótanos del actual miles de piezas, además de replantear la estrategia de las escuelas nacionales de artes para extender los servicios a más regiones del país.

En cuanto al patrimonio documental, su prioridad debe ser la mejora y expansión del área de servicio de la Hemeroteca Nacional, que pese a ser la entidad más visitada por lectores —en tiempos anteriores al covid-19—, tiene una exigua asignación de fondos y un reducido salón de lectura, mientras que la Biblioteca Nacional, ampliamente rezagada frente a los avances tecnológicos, ocupa la mayor parte del edificio que comparten. Falta impulsar producción literaria joven y revalorar la obra de grandes autores nacionales, con ediciones gratuitas que lleguen a las más lejanas escuelas.