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Desafío vigente

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Aprovechando la coyuntura del Bicentenario de la Independencia, existe un problema nacional que lleva más de medio siglo de ser expuesto repetidamente en diversos medios informativos. Varios países se encontraban, hacia 1970, en una situación alimentaria similar a la de Guatemala y lo han superado. Debe ser prioridad uno intergubernamental, la erradicación del hambre. Con frecuencia se habla del contraste de un país tan rico en recursos y tierras fértiles con los rostros demacrados de niños menores de 5 años.

Para intentar un ejercicio de empatía con las familias que padecen estas carencias en el llamado Corredor Seco pero también en otras regiones del país, se puede imaginar la sensación de angustia e impotencia cuando un hijo o una hija piden comida y no se tiene víveres ni dinero con qué adquirirlos, excepto unas cuantas tortillas, quizá un poco de sal y a veces nada.

Con frecuencia saltan las excusas y los señalamientos hacia las comunidades en precariedad. Que por qué tienen tantos hijos, que por qué no estudiaron, que por qué formaron familias, que por qué no trabajan y más. Puede que algunas tengan conexión con realidades concretas, pero el cuadro total es tan complejo, multifactorial e histórico que a la larga solo queda el dilema ético o incluso moral: ¿ayudar o no ayudar?

Prensa Libre ha publicado casos de desnutrición infantil como parte de su deber informativo. El primero fue el de Bernardita, una niña con inanición que fue rescatada en agosto de 1954. En cada episodio se han obtenido reacciones y también acciones. Sobre todo, se han despertado iniciativas altruistas por parte de fundaciones privadas y empresas que han instituido programas de auxilio que proveen alimentos a los niños por décadas. Se conocen exitosos resultados, como el freno de la desnutrición aguda en tres aldeas de Chiquimula, gracias al proyecto Las Tablas, de la fundación Cofiño Stahl, o el ambicioso y visionario programa de alimentación infantil instituido en Tzununá, Sololá, por la fundación Castillo Córdova, tan solo por mencionar dos iniciativas.

Lamentablemente, ni los gobiernos, ni los políticos ni el Congreso han estado a la altura de este desafío. La visión de largo plazo se canjea por agendas cortoplacistas y se ve asediada por la corrupción, clientelismo, nombramiento de ineptos y despilfarros. Cabe recordar como triste referente el programa Hambre Cero: se tuvo que sacar al Legislativo de su modorra y miopía para que al fin lo aprobaran. Una vez en marcha los fondos provistos por el Banco Mundial, se toparon con la ineficiencia gubernamental, que incluso prefirió gastar los recursos en pago de planilla y no en la atención alimentaria.

Es una vergüenza que se les pague alimentación a los diputados y a los niños se les regateen tiempos de comida. De nada sirve que los candidatos incluyan el tema de la desnutrición, si son incapaces de acordar una agenda conjunta, gane quien gane, para las próximas décadas. El reto de la desnutrición tiene rostro, tiene nombre, tiene historia, y la misma ciudadanía también puede contribuir a su solución al preguntarse: ¿puedo ayudar a alguien?