Editorial

Día de la patria y de sus ciudadanos

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La nobleza, laboriosidad e ingenio proverbiales del pueblo de Guatemala definen a una comunidad nacional caracterizada por el afán de progreso, por el tesonero trabajo para ganar el sustento de la familia y labrar un mejor futuro para hijos y nietos; este es el país de los imponentes cerros y frescas planicies que desde buena mañana se ven cruzadas por campesinos laboriosos, madres esperanzadas y niños cuya inocencia alimenta la fe en un mejor mañana.

Este es el país al cual el poeta Rafael Landívar cantó el sublime “¡Dulce, Guatemala, Salve!”, por sus cielos, por sus ríos, sus cascadas, sus calles coloniales -que desafían al tiempo-, pero, sobre todo, por ese espíritu incansable que siempre vuelve a confiar, vuelve a intentar, vuelve a sembrar lo que la sequía no dejó crecer o lo que la inundación se llevó. Esta es la nación de los poetas, de los paisajistas, de los artistas que no se quedan con la idea, sino que pasan a la acción; es tierra de músicos, de narradores, de grandes profesionales y de los abuelos que guardan la sabiduría de generaciones.

Muy pocos han visto volar al quetzal, pero su leyenda, su imagen fotográfica o en video inspira a vencer los obstáculos, a trazar altas metas, a defender las libertades que algunos intentan coartar para su beneficio o el de sus allegados, bajo pretextos leguleyos o simples desplantes de intolerancia. Y es que toda esa bondad, esa nobleza, esa credulidad tan honrada y diáfana suele ser objeto de burla, de engaño, de estafa, por parte de algunos personajes que se creen muy listos y que negocian bajo la mesa, arman pactos oscuros, urden redes de complicidad para obtener réditos ilícitos. Son politiqueros trasnochados que se cambian de bando a conveniencia, esgrimen alegatos contradictorios y se mimetizan con el usual olvido colectivo. Son mercaderes de influencias que venden y compran favores, oportunistas que se cuelan en la burocracia, en el Congreso o en los tribunales.

Es así como a pesar de 35 años de democracia o de 199 de Independencia, el desarrollo aún no se asume en ciertos lugares. Se han destinado recursos, se han elaborado planificaciones, se han aprobado proyectos, se asignan fondos y se vuelve a construir el puente, a balastar la misma carretera o a presupuestar el mismo salón comunal, la escuela, el mercado, pero aún no está terminado. Aquel terrible terremoto que hacía llorar a Landívar en el poema por su amada Guatemala en el siglo XVIII es hoy la calamidad de todos aquellos que, sin ser idóneos, sin tener capacidad, se sirven salarios, dietas, viáticos, vehículos y cuanto puedan a costillas del ciudadano trabajador, el que madruga, el que se desvela, el que pasa penas para llevar la comida a su mesa.

A las puertas del Bicentenario es preciso que cesen los discursos intimidatorios o las frases rimbombantes para pasar a las acciones: reducción de la burocracia, más inversión en Educación moderna, abrir puertas a la productividad, reducir los gastos de comida en curules y que se destine a donde hay miles de niños desnutridos.

Por fortuna, hay muchos guatemaltecos que dan cátedra y ejemplo, se enorgullecen de sus raíces, valoran su identidad y actúan con coherencia; ayudan sin propaganda a los necesitados, aportan su ciencia, su conocimiento, su experiencia a la construcción de un país mejor, sin querer hacer campaña de su altruismo ni que los feliciten, como quieren ciertos funcionarios electos, por hacer lo que simple y llanamente es su obligación.