Editorial

Dinosaurios siguen allí

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En seis meses de pandemia hemos vivido aquello que eran leyendas medievales o efemérides de 1920: banderas blancas que piden comida,  multiplicación de niños que solicitan monedas en los semáforos, filas de personas en espera de  un plato de comida. Hemos observado sepelios solitarios, la ciudad silenciada a las 3 de la tarde, la tierra boquiabierta en espera de otro cuerpo, médicos angustiados por sus pacientes  y pacientes fallecidos que eran médicos. Hemos visto llorar al vendedor de helados que no vendió nada o deambular por las calles desiertas a una madre con su hijo discapacitado.

Dolor y esperanza, oraciones y reclamos, procesiones canceladas y preguntas insistentes por el destino real de millonarios créditos. Se ha visto desempleados que mejor volvieron a emplearse por su cuenta porque nunca llegó la ayuda ofrecida, abuelos que sobreviven  y  jóvenes que vieron truncado sus sueños. Vimos una fiesta clandestina de cuyos contagiados no se supo y la cuenta de 40 mil capturados por violar el toque de queda que transgredió tal fiesta.

Surgieron, entre tropiezos, excusas y fallos  algunos hospitales temporales que son epicentro de angustias, campos de batallas personales por la vida,  portones que enmarcaron los suspiros de sobrevivientes al salir con su bolsa de pertenencias a reencontrarse con sus seres queridos tras vencer la enfermedad. Más allá de los señalamientos hacia la gestión estatal, el personal médico y de enfermería que prestó o presta sus servicios en esta dura lid se constituye como el conjunto más digno de patriotas que lucha por la salud de su pueblo, con desventaja numérica, desgaste anímico y peligro constante para su vida.

Hoy existen redes sociales, satélites, laboratorios ultramodernos, información al instante y también bulos, datos falseados, dogmatismos exacerbados causan la misma o mayor angustia que en la Edad Media. Muchos guatemaltecos se zambulleron, sin poder nadar bien, en la poza digital de videoconferencias, de dar o recibir clases escolares en línea o asistir a  ferias de trabajo sin gente presente. La revisión, antes arcana, de velocidades de conexión, bajada y subida, volumen de micrófono o función de  compartir pantalla, se hicieron cotidianos para poder seguir  las labores en un espacio de la casa devenido en oficina, centro logístico y aula.

Por ello es sorprendente que con todo y esas transformaciones en un semestre,  con toda esa capacidad de adaptación, todavía subsistan en esta misma Guatemala  tantas otras calamidades: la desnutrición en las montañas de Chiquimula y otras regiones, la violencia armada en barrios metropolitanos o localidades de provincia; las cárceles continúan siendo  una bomba que explota repetidamente y la corrupción se ceba sobre el erario a través de plazas burocráticas innecesarias, contratos de obras con conflicto de interés  y en el incumplimiento de obligaciones constitucionales  tales como la elección de magistrados que los diputados al Congreso se rehúsan a efectuar pese a ser su mínima obligación. Bien podría afirmarse parafraseando al gran Augusto Monterroso, cuyo centenario de nacimiento viene en el 2021, que el reto de la pandemia podrá ser superado, pero que hay otros dinosaurios que  siguen allí, en espera de ser  derrotados.