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Éxodo de hondureños no es el único

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La dramática huida de hondureños de su país continúa esta vez, con un contingente de hombres, mujeres y niños que se adentraron en territorio guatemalteco con la esperanza de alcanzar la frontera mexicana. Quizá creían que volvería a ser como en el 2019, pero esta vez el freno al paso de la caravana se situó en la carretera al Atlántico. Policías y soldados impidieron el avance del grupo mayoritario. En el intento de romper la valla ordenada por autoridades guatemaltecas se produjo un zafarrancho en el que hubo palos y gases lacrimógenos. Un triste choque entre centroamericanos: unos en un intento de escapar de la pobreza y otros, en el seguimiento de órdenes superiores como parte de su trabajo.

Las causas de este lamentable desplazamiento colectivo no son nuevas. La falta de oportunidades de empleo y el precario acceso a una mejora en el desarrollo humano se sitúan en la raíz del fenómeno, del cual Honduras no es el único exponente. Es decir, se trata de una causa semejante a la que motiva la migración de guatemaltecos y salvadoreños con la vista puesta en una difusa ilusión de mejora económica en Estados Unidos, país que tiene a cientos de peticionarios de asilo varados en la frontera con México y que deporta a miles por año.

El impacto económico de la pandemia, pero sobre todo la devastación causada por las tormentas Eta e Iota, marcan un nuevo punto de inflexión, de impotencia, de desesperanza. El hecho de que sea otra vez una caminata masiva visibiliza la desesperación, pero existen tantos puntos ciegos fronterizos utilizados por personas que viajan solas, no solo desde Honduras, sino del resto de países centroamericanos, Sudamérica e incluso otros continentes.

Es precisamente por ello que cuando se habla de desarrollo equitativo no se trata de arengas ideologizadas, ni de utopías desfasadas. Cuando se llama a que los Estados tracen agendas de largo plazo para promover economías más descentralizadas y estrategias sostenidas de apoyo comunitario se refiere precisamente a atajar la migración masiva.
Proveer a la gente de trabajo, subsistencia digna y perspectivas de mejora para sus familias no son simples pretextos de candidato, sino verdaderas metas nacionales, pese a que los políticos suelen ofrecer de todo con total irresponsabilidad y sin percatarse de lo que sus promesas implican.

La migración es un derecho, pero en las actuales circunstancias de pandemia no solo pone en riesgo potencial a quienes viajan, sino a los poblados que atraviesan. Colocar a niños y bebés como escudo humano no es justo ni sensato. En todo caso, las autoridades a las que se ordenó bloquear el avance de la caravana deben hacer un uso racional de la fuerza, para no incurrir en ilegalidades o inhumanidades.

Pero, eso sí, mucho más inhumana es la inercia con la que se mueven muchos gobiernos. Más cruel e indignante es la corrupción mediante diversas mañas como la contratación de allegados, la adjudicación de obras por compadrazgo o la discontinuidad de proyectos, que parecen temas distantes al éxodo pero son su génesis porque impiden la mejora de las comunidades y bloquean las posibilidades de mejor educación, salud infraestructura, generación de proyectos productivos y competitividad. Los esfuerzos democráticos emprendidos en la región hace más de tres décadas deben aportar más que una seguidilla de gobiernos que solo culpan al anterior de sus incumplimientos.