Editorial

Hacia un voto cada vez más consciente

Históricamente, los votantes guatemaltecos han castigado en las urnas a cada uno de los partidos que han hecho gobierno desde la reinstauración de la democracia, en 1986. Ningún partido que haya gobernado ha logrado retener el poder, y a lo más que han llegado es a obtener algunos escaños en el Congreso, en una prolongación de una inexorable agonía.

En las actuales circunstancias, eso está mucho más claro que en cualquier otra elección, ante el enorme desencanto con el actual gobierno y la consolidada percepción de que se le dio la espalda a los ciudadanos, quienes a través del voto buscaron darle continuidad a una cruzada contra la corrupción y la impunidad, que fue también uno de los ofrecimientos de campaña de Jimmy Morales.

Ese generalizado descontento, ante el fiasco en que se convirtió Morales, también multiplicó el listado de sujetos alineados del lado oscuro de nuestra historia, y ahora son muchos más partidos y también individuos que han mutado de partido en partido, para intentar formar un frente opuesto a cualquier avance de la independencia judicial o del fortalecimiento de los entes de investigación criminal.

Ahora, la estrategia apunta a hacer más difuso el panorama para los votantes, que deberán ubicar en más de una organización partidaria a los diversos rostros que en los últimos años fortalecieron el pacto de corruptos, aunque esto no les garantiza ninguna posibilidad de éxito.

Muchos de esos rostros están en el imaginario electoral guatemalteco ligados a la captura del Estado y más bien podría ocurrir que finalmente muchos de esos grupúsculos politiqueros se encuentren en la antesala de su desaparición. También históricamente esos partidos anodinos, carentes de principios y con clara inclinación al servicio de las mafias de cuello blanco, están condenados a desaparecer, como lo ratifica la historia.

Puede que en las siguientes elecciones desaparezca del escenario político más de la mitad, si no es que más, de las agrupaciones partidarias reconocidas por el Tribunal Supremo Electoral, porque son el reflejo fiel del oportunismo, de la búsqueda de espacios para mantener la cooptación de un sistema que solo beneficia a familiares, amigos y financistas, en detrimento de la población.

La mayoría de los partidos existentes ha llegado al vergonzoso extremo, como ocurrió con el actual partido oficialista, de encarar las elecciones sin la más mínima propuesta programática, y seguramente incurrirán en el mismo error del actual gobernante, al desempolvar en alguna oficina pública un proyecto que sirva de excusa a la carencia de planes programáticos.

Por si esas penosas credenciales no fueran suficientes para frenar una nueva estafa en las urnas, basta ver el perfil de quienes ya han avanzado en las formalidades de la competencia electoral para ver que tampoco cuentan con la experiencia suficiente, ni mucho menos la preparación, para buscar un cargo que ya debería reunir mayores exigencias de preparación, de trayectoria y de conocimientos esenciales en administración pública, para que no se repitan estos fiascos.

Guatemala atraviesa por un enorme bache ante el deterioro de importantes entidades, lo que en buena medida se debe a las acciones perversas del pacto de corruptos y de manera especial a los temores de un presidente acorralado por la justicia y por su capacidad tan leve.