EDITORIAL

Imperiosa necesidad de dignificar la política

Por calles y caminos de municipios y aldeas de toda Guatemala se desplazan en estos días vehículos de todo tipo, decorados con banderolas, pancartas y efigies de candidatos a alcaldías, diputaciones y también presidenciables. A través de altavoces se intenta persuadir a los pobladores de otorgarle el voto a tal o cual persona el próximo 16 de junio. En no pocos casos, tal llamado va acompañado de acordes de canciones populares, cuya letra ha sido modificada para elogiar a determinada opción política.

Tal estrategia publicitaria puede considerarse como legalmente válida, siempre y cuando sea reportada en los informes de gasto propagandístico de los partidos políticos; pero en cuanto a la sustancia, la propuesta y la reflexión sobre las verdaderas prioridades locales, regionales y nacionales, las melodías se quedan cortas y hasta cierto punto parecen menospreciar la inteligencia de los ciudadanos.

De muy poco sirve que los aspirantes a puestos de elección popular sonrían desde vallas, que entreguen dádivas durante los mítines o que incluso intenten congraciarse con la multitud al ponerse a bailar, cantar o desarrollar algún otro tipo de atracción escénica, puesto que las aptitudes necesarias para desempeñar un cargo consisten, básicamente, en una ética de servicio demostrada, en prioridades de acción claras y coherentes, además de un programa y equipo de trabajo que no estén integrados por oportunistas, sino por colaboradores íntegros, responsables y capaces.

Desafortunadamente, las últimas dos décadas del quehacer político guatemalteco han estado saturadas de numerosos personajes que resultan hábiles para aprovechar las necesidades sociales más ingentes, que desarrollan discursos claramente emocionales, pero una vez ganada la elección pasan a ser actores inertes o simples distractores con cargo. Es momento de que los políticos guatemaltecos serios caigan en la cuenta de que todas las palabras proferidas en este momento están sujetas a un escepticismo generalizado, que no es casual, ni ideológico, sino simple producto directo de sucesivos gobiernos y congresos que defraudaron las esperanzas generadas.

A solo 13 días de unas elecciones generales caracterizadas por la saturación de opciones y el cansancio generado por tantas decepciones, los votantes están llamados a dejar de lado los emocionalismos, la indiferencia o las decisiones de último momento. Con plena decisión libre, informada y consciente del futuro que se está gestando, es necesario definir el apoyo hacia las personas más capaces y estar dispuestos a exigir cuentas. Si un aspirante a un cargo se ha visto vinculado con corrupción, pactos oscuros, tráfico de influencias, transfuguismo u otras irregularidades, se debe pensar detenidamente tal aval. La responsabilidad del ciudadano es colosal, pero ineludible. Los políticos deben convencerse de la imperiosa necesidad de dignificar esa profesión. Mentiras, demagogia, doble discurso y agendas ocultas han quedado a luz en diversos casos judiciales. Es imposible apoyar a tales personajes sin ser cómplices, por irresponsabilidad o indolencia.

El sistema democrático guatemalteco surgió tras años de dictaduras y fraudes, como una necesidad de respeto al estado de Derecho. Todo trasiego de influencias, procuración de privilegios y negociaciones a espaldas de la ciudadanía entraña dolo y menosprecio a la Ley. Por lo tanto, cualquier vinculación con este u otro tipo de actividades o relaciones ilícitas constituye un atentado a los fines que dan sentido y valor a la labor política.

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