Editorial

La competitividad empieza en las aulas

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A la luz de múltiples evaluaciones del desempeño educativo efectuadas en dos décadas anteriores ya se tenía un panorama claro de las deficiencias en el progreso escolar. La suspensión de las clases presenciales a causa de la pandemia se sumó a los factores de dificultad para el desarrollo cognitivo, del razonamiento numérico y habilidades de lenguaje y comprensión lectora. Es por ello que los resultados de la prueba aplicada el año pasado en todos los niveles, desde preprimaria hasta diversificado, no sorprende, pero sí preocupa.

Es difícil pronosticar un futuro alentador para ese 70% de escolares que no supera el nivel mínimo de conocimiento si no hay un golpe de timón en la política educativa. Quizá algún salvador del optimismo crea que la noticia se da por sensacionalismo. Se difunde porque es la realidad que debemos enfrentar. De hecho, esta medición provee una claridad estadística sobre la poca efectividad de aprendizaje en planteles públicos y privados. Nadie tiene excusa para mantener el vaso más vacío que antes. Incluso en la educación privada se detectan fallos imperdonables, principalmente en que es una actividad lucrativa y suele publicitar calidad. No menos responsabilidad tiene el Estado, porque es el que certifica las promociones de grado, legaliza las competencias y, en el caso de las escuelas, financia un sistema que debe tener exigencia constante.

Sí, existen colegios, escuelas, institutos y maestros que destacan por su alto nivel de excelencia, pero suelen ser la excepción y sus modelos no son emulados por el resto. Lamentablemente prevalecen el conformismo, la inercia y arreglos acomodaticios, como el reciente pacto colectivo con el dirigente Joviel Acevedo, suscrito a escondidas, con aumentos y garantías de inamovilidad sin mayor exigencia.

No son necesarios más diagnósticos para emprender acciones transformadoras. Desde hace más de 15 años se repiten las tendencias que apuntan a la necesidad de fortalecer las capacidades docentes, de hacer una campaña de mejora de la infraestructura física e integrar la tecnología a todos los procesos del aula y la administración. No se puede impulsar uno de estos factores dejando de lado los otros. El cuarto punto de apoyo del escritorio educativo del futuro, valga la metáfora, es la mejora de las condiciones de vida y nutrición de los educandos, elemento que se ha trastocado por la necedad clientelar.

Vivimos tiempos de apremiante competitividad económica y productiva de alcance global, la cual tiene implicaciones muy concretas sobre el bienestar personal y familiar de los ciudadanos, que solo tienen los conocimientos adquiridos como herramienta de trabajo. La mediocridad no tiene cabida en la labor docente ni en la transformación de edificios ni en la provisión de recursos didácticos o de conectividad.

El uso de internet en la educación aumentó a partir de la suspensión por la pandemia. Ahora que se retoma la presencialidad es un insumo necesario, mas no el único. Los docentes deben manejar conceptual e instrumentalmente los soportes digitales, pero el ingenio de estimular el aprendizaje siempre queda en manos de ellos. Es evidente la riqueza de la interacción presencial para la formación de habilidades sociales y comunicativas, pero no se puede regresar a los modelos escolásticos unidireccionales, pasivos y memorísticos. Por ello se necesitan maestros, dirigentes, supervisores y autoridades ministeriales que antepongan el futuro del país a cualquier otro interés politiquero, porque, de ser así, significa que tampoco han aprendido la lección.