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La esperanza de vivir debe ser respetada

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Miles de guatemaltecos acuden cada día a centros de vacunación, cada vez con mayor confianza en los efectos de protección de las dosis que se aplican. La tardanza ha sido notoria y ha sido solo la generosidad de países amigos como India, España, Israel, México y sobre todo, Estados Unidos, la que ha permitido agilizar el proceso.

Es interesante ponerle atención a los rostros de las personas, de todas las edades, cuando acuden a las sedes de vacunación. Es probable que por las colas, ya sea peatonales o vehiculares, existan algunas expresiones de tedio o aburrimiento, quizá algunas de cierto temor. Las mismas conversaciones entre desconocidos que comparten con gran familiaridad la espera dejan entrever las angustias subyacentes: quizá el deceso de un familiar o de un compañero de trabajo, las percepciones y versiones de los efectos del coronavirus, las dificultades económicas vividas o la visualización de la ineludible aguja hipodérmica.

Resulta necesario exaltar el total orden que se mantiene en las líneas, con algunas cuantas excepciones de personas imprudentes que se pasan de listas pero en realidad se pasan de prepotentes. Igual tienen derecho a salvar la vida, pero deberían reflexionar sobre su actitud de empatía y solidaridad, revisar sus valores y descubrir que si no se trata al prójimo como a sí mismo no existe declaración, creencia o culto que compense tal vacío.

Llegado el momento, después de la consabida espera, tiene lugar el momento concreto de la vacunación. Apenas unos instantes. No más de 30 segundos entre el llenado de la jeringa, el amable pedido de “respire con tranquilidad, por favor” y la punzada que puede tener diversos umbrales de dolor, pero que nunca supera el de experiencias anteriores. Vienen las instrucciones para esperar 15 minutos por cualquier reacción, el sostenimiento del algodón sobre la piel, pero sobre todo, ocurre una transformación en los semblantes: algunas personas sonríen, otras mantienen la seriedad pero con mucha más soltura, no falta quien llore porque recuerda a un amigo, una madre, una hermana que ha fallecido en los meses de pandemia.

Sí, cambia el rostro, cambian los sentimientos, se inyecta esperanza, literalmente. Pero aún hace falta inyectar a millones de guatemaltecos con el fármaco a fin de poder concretar esta justa aspiración a mantener la salud y la vida misma. Es en la incertidumbre que surge la desazón, la tristeza y la indignación justificadas. Y es precisamente por ese sentido de aprecio a los guatemaltecos que este medio ha repetido, una y otra vez, en portadas y reportajes, el mensaje de ¡Vacunas, ya!, porque se trata de una prioridad vital que debe ser manejada como tal. No hay secretismos ni conflictos de interés que puedan compensar el valor de una vida salvada.

En el momento actual todavía son tres los departamentos que concentran al mayor número de vacunados y el objetivo en el corto plazo debe ser la nivelación de la proporción poblacional de vacunados. El turismo precisa de este requisito para poder presentar al país como un destino que cumple requerimientos de bioseguridad, lo cual podría marcar el resurgimiento de esta industria con nuevos criterios, emprendimientos y visión sostenible. Finalmente, como ha mostrado la experiencia de otros países, incluso con la vacuna no se deben descuidar prevenciones básicas como el uso de mascarilla y el distanciamiento, por simple respeto a la esperanza de vivir.