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La nueva ofensiva a tener en cuenta

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Como en política nada ocurre por casualidad, bajo ese criterio deben ser vistas las reuniones entre los presidentes de los tres poderes del Estado. De hecho, no es lo único, pues muchas otras acciones surgen del sector oficial y podrían no ser beneficiosas para el país. Una de las más preocupantes de los últimos días es el cúmulo de voces que se están sumando para desprestigiar el proceso electoral.

Se debe recordar que ha sido el presidente Jimmy Morales el que más ha insistido en un discurso de descalificación hacia las autoridades del Tribunal Supremo Electoral, al pretender sembrar dudas sobre independencia, insistiendo con los actuales magistrados a garantizar el proceso, sin que se haya atrevido a plantear una denuncia concreta de sus preocupaciones.

Lo preocupante es que el mandatario ha insistido en ese mensaje, y ahora se están sumando voces en respaldo de un nuevo despropósito, más las presiones de sectores de poder que han venido comulgando con las descabelladas iniciativas del mandatario y su círculo de instrumentalizadores, que lo han puesto en una mayor situación de vulnerabilidad en diferentes escenarios.

Esta es la primera vez, desde la instauración de la democracia en 1986, que un presidente se muestra tan escéptico sobre las elecciones generales, cuando sus antecesores más bien han mostrado una actitud de respaldo al ente electoral y nunca han puesto en duda su idoneidad para llevar a feliz término cada evento eleccionario.

Coincidente con ese discurso de pretender sembrar desconfianza sobre las autoridades electorales se dan acciones preocupantes en los tres organismos del Estado, en clara oposición a la lucha contra la corrupción o de socavar la institucionalidad. Sobre esto vale recordar que, después de Serrano, Morales ha sido el presidente que más en riesgo ha puesto el estado de Derecho y sus actitudes desafiantes elevan los niveles de preocupación, al sumar voces a su favor desde que inició su pleito con la Cicig.

El actual mandatario no es la autoridad más idónea para recomendarle a los titulares del TSE la forma de conducir el máximo evento eleccionario, ni mucho menos debe inmiscuirse en la marcha de ese proceso, porque él ha dado suficientes muestras de no respetar órdenes judiciales y las elecciones deben mantenerse libres de toda injerencia, empezando por la de políticos desprestigiados que ni siquiera gozan del aprecio mayoritario de los guatemaltecos.

Hasta ahora, las ocho elecciones presidenciales se han llevado a cabo con absoluta independencia de los actores políticos, y el mismo presidente Morales puede dar fe de las ventajas y solvencia de una sistema que ha funcionado bien, al margen del injerencismo politiquero, y tanto vencidos como vencedores lo han reconocido a lo largo de nuestra endeble historia democrática.

Suficiente daño le han hecho ya al país las estructuras irregulares incrustadas en los tres poderes como para pretender ahora interferir en un proceso que se plantea como la mejor opción de depuración de los principales órganos políticos del Estado.

Quienes se obstinan con esa descabellada idea deben contener sus oscuros propósitos y frenar una campaña de desprestigio contra el proceso, preocupación que han planteado representantes de la comunidad internacional y que podría originar un nuevo comunicado desde Washington.