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Mucho por celebrar, pero también por salvar

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Cada 22 de abril se convoca, desde 1970, a valorar, celebrar y exaltar el valor del planeta en el cual vivimos, “la casa común”, como la llama el papa Francisco; el único hogar del que dispone la raza humana para habitar, lo cual parece obvio de señalar. Sin embargo, a pesar de este carácter único e irrepetible, la Tierra ha recibido un maltrato masivo creciente y cada vez más irreversible que lleva a cuestionamientos lógicos sobre los modelos de conducta individual y social que han conducido a este daño inmisericorde que se puede constatar a diario.

Lamentablemente, con cada año que vuelve a llegar y pasar esta conmemoración, con la indiferencia de la mayoría, queda menos tiempo para rescatar los ecosistemas del deterioro causado por mal manejo de desechos sólidos y líquidos, emisiones gaseosas de todo tipo, destrucción de la fauna, deforestación, pésima disposición de residuos tóxicos y tantas otras formas de crueldad hacia el planeta.

En el caso de Guatemala es reiterada la denuncia de tala inmoderada, incluso en zonas protegidas, al amparo de dudosas licencias o impulsadas por la histórica impunidad ambiental que predomina en tantos territorios. Cierto es que la productividad económica y la competitividad nacional son claves para poder brindar mejores oportunidades de desarrollo a los guatemaltecos, pero también es necesario resaltar que existen soluciones sostenibles para aprovechar el tesoro natural del país de una manera redituable, equitativa y duradera.

Sin embargo, las agendas de sucesivos gobiernos han relegado la protección de los ecosistemas con diversas excusas y esgrimiendo limitaciones que se han extendido en el tiempo y que continuarán existiendo, no así los recursos naturales depredados que cada vez son menos y cuya destrucción representará tarde o temprano un impacto letal.

Un ejemplo elocuente de este círculo vicioso es la contaminación descontrolada de ríos y lagos que bien pueden ser las anheladas fuentes de aprovisionamiento de agua en el futuro. Esta posibilidad queda literalmente ahogada al encontrarse convertidos en auténticas cloacas. Ríos que otrora eran paradisíacos destinos de viaje dominical, hoy no son más que malolientes cauces repletos de basura.

Este año se cumplen 15 años de la aprobación de la Ley de control y tratamiento de aguas servidas, cuya vigencia ha sido retrasada varias veces. Entre conveniencias políticas y falta de recursos se atrasa la construcción y puesta en funcionamiento de plantas de tratamiento. Esta irresponsabilidad de alcaldes y autoridades ambientales ha llegado a extremos como la incesante entrada de aguas negras en los lagos de Atitlán, el Petén Itzá y el tristemente célebre Amatitlán, sin que nada ni nadie detenga esta barbarie ecológica cuyas consecuencias pagará la sociedad misma.

El título de este editorial señala que hay mucho por celebrar, pues en efecto la Biosfera Maya, los bosques de la Sierra de las Minas, de Cerro San Gil, de los volcanes de Atitlán o de San Marcos aún constituyen un rico refugio de especies de flora y fauna. Ello, junto con la riqueza arqueológica y cultural del país, son el ancla de una reinvención de la industria ecoturística, con fundamentos científicos y adecuado manejo político, pero será imposible de hacer si no se protege desde ahora ese tesoro nacional.