Editorial

Muros deben caer

Nadie lo creía en los primeros momentos en que se difundió la noticia, pero las escenas en video eran elocuentes: con martillos y piochas se derrumbaba el muro que había dividido a la capital alemana Berlín, durante 28 años, a causa de la Guerra Fría. También dividió y enlutó a familias, muchos fallecieron en el intento de huir desde el lado oriental hasta la parte de la ciudad gobernada bajo el régimen democrático. Aquella ignominiosa pared es hoy un recuerdo, un souvenir, pero también una advertencia de lo que puede ocurrir cuando predominan la prepotencia, los extremismos, los prejuicios.

Desafortunadamente, aunque hace 30 años se produjo este hito, los muros siguen siendo una realidad cotidiana en diversas latitudes, tal el caso de la barrera defensiva de cientos de kilómetros instalada por Estados Unidos a lo largo de su frontera sur, en un intento por frenar la migración de indocumentados, un fenómeno alentado por el rezago en el desarrollo educativo, económico y agrícola, áreas en las cuales la inversión sería más fructuosa.

Así también existe un muro creado a base de corrupción, políticas mal implementadas, desidia legislativa e irresponsabilidad en la gestión pública. Dicha barrera es la pérdida de 20 puestos en el índice de competitividad global, un efecto directo de la incoherencia gubernamental y la falta de enfoque en programas sostenidos de atención a la niñez y juventud.

Existe otra pared que impide escuchar, comprender, reconocer los errores y generar empatía: las posturas intransigentes, extremistas y prejuiciosas sostenidas por grupos sectarios y acendradas, sobre todo, a través de las redes sociales. La descalificación automática, la polarización inducida y la intolerancia a las ideas distintas constituyen síntomas de un maniqueísmo destructivo que debe ser cambiado por una renovada cultura de diálogo asertivo.

Numerosas comunidades localizadas en regiones de difícil acceso, con grandes dificultades productivas, escasez de empleo, altos índices de desnutrición crónica y ausencia casi total del Estado parecen rodeadas por una muralla que las invisibiliza durante tres años y medio, pero en tiempo de campaña electoral reaparecen cuando son visitadas por candidatos a diversos puestos que ofrecen una y otra vez lo mismo.

Al igual que en el caso berlinés, el muro de la vergüenza no se cayó espontáneamente ni por arte de magia. Hubo funcionarios, ciudadanos, comunicadores, empresarios, políticos que contribuyeron con un ideal noble: unificar a un pueblo marcado por una pugna histórica. Cada uno puso una palabra, una esperanza, una acción que condujo a un desenlace ansiado, pero no por ello menos sorpresivo.

Alemania se recuperó de la devastación que le dejó la II Guerra Mundial para llegar a ser una potencia mundial en menos de cuatro décadas. Guatemala lleva 23 años desde el final de un largo y doloroso conflicto armado. La meta debe ser el desarrollo nacional. Muchos lucran, cobran y hasta se solazan con la construcción de nuevos muros de polarización. No se les debe seguir el juego. Hay más ciudadanos con palabras, esperanzas y acciones en favor de la paz y de un porvenir mejor.