Editorial

Obligados a reflexionar

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Ningún representante en el Legislativo, ningún funcionario de mediano o alto rango, ningún contratista, ningún operador político, ningún magistrado o aspirante a serlo, ningún encargado de compras, en fin, ninguna persona que tenga una autoridad delegada debería seguir creyendo que su puesto es una carta libre para el dispendio o se puede comprar la felicidad con dinero obtenido por sobrecostos, licitaciones amañadas, compras fragmentadas, compadrazgos o cualquier tipo de negocio ilícito. El impacto indiscriminado y doloroso del coronavirus alrededor del mundo ha puesto de manifiesto que la vida es un regalo y uno muy frágil, que merece ser valorada y que solo tiene un sentido trascendental si está al servicio de los demás.

Una amenaza biológica de inédito impacto global ha dejado una cauda mortal que supera los 30 mil fallecidos y más del medio millón de casos confirmados, sin distingo de edad, sexo, posición económica o credo. El impacto del coronavirus ha podido ser contabilizado en tiempo real, y por ello ha conducido a un confinamiento preventivo de más de tres mil millones de personas, con la finalidad de reducir la curva de crecimiento de contagios y con ello evitar el colapso de los servicios de Salud. En países como España, Italia o Estados Unidos se observa una debacle a causa de la falta de mayor prevención y de más diagnósticos a tiempo. No obstante, esta tragedia también ha mostrado facetas de heroísmo, caridad y abnegación prácticamente sin precedentes.

Sacrificios personales, como el del sacerdote que prefirió morir al ceder su respirador a un joven afectado por el covid-19 o nobles apostolados como el de los médicos que atienden las emergencias saturadas de pacientes constituyen facetas tristes pero aleccionadoras.

En un domingo como este, el quinto de Cuaresma, la ciudad de Antigua Guatemala suele estar abarrotada de fieles que acuden al cortejo del templo del Nazareno de la Caída, de San Bartolomé Becerra, pero hoy no. Con nostalgia, con pesadumbre, pero también con una firme convicción a favor del bien común, este y otros cortejos han sido suspendidos para mantener el distanciamiento de personas.

Todas las iglesias, de hecho, mantienen en pausa sus actividades y servicios, pero a la vez se registra un notorio avivamiento en la oración, en la valoración de lo espiritual y en la ruptura de divisiones religiosas. Todos oran a un solo Creador sin distinciones. Ayer mismo, la bendición urbi et orbi del papa Francisco frente a una solitaria Plaza de San Pedro era seguida por miles de millones de personas alrededor del mundo, como un acto de esperanza y también como un llamado de atención.

Hay muchísimas personas decentes, íntegras y capaces en muchas dependencias estatales. Desafortunadamente, también han existido casos de gente que se decía creyente pero ha medrado con el erario, que ha gestionado fondos del Estado con trato preferencial o simplemente ha utilizado el Estado para su beneficio personal. A la luz de las nuevas realidades que deja la calamidad, queda claro que no basta decir Señor, Señor, sino poner en práctica los valores, auxiliar a los necesitados, desempeñar con responsabilidad un cargo y no caer en el aprovechamiento de la agitación para empujar otro tipo de intereses contrarios a la caridad y a la fraternidad.