EDITORIAL

Reinicio debe marcar reinvención educativa

El proceso educativo de la niñez y la juventud constituye uno de esos activos estratégicos que, pese a su importancia vital para la competitividad nacional en el corto y mediano plazos, se encuentra condicionado por las inequidades, los rezagos y el constante regateo de recursos económicos, humanos y tecnológicos, especialmente en el sector público. Por si fuera poco, la interferencia de liderazgos magisteriales obtusos, caducos e irresponsables ha dificultado la transformación. Al operar a base de clientelismos, y no de aptitudes, logros o méritos, se convierte en un lastre nacional. En todo caso, la más férrea auditoría de la calidad educativa está en la exigencia laboral de capacidades que solo se adquieren y cultivan en el aula desde temprana edad.

Hoy comienza el retorno físico de miles de estudiantes a las escuelas, en el arranque del ciclo escolar 2021 en modalidad semipresencial: un ejercicio en el cual se mantiene el reto de forjar inteligencias con modalidades virtuales o diferidas, en combinación con la interacción con el docente y con el grupo de clase. Las metodologías experimentadas durante el 2020 a causa de la pandemia pueden tener en esta fase un enriquecimiento integral mediante el encuentro, el diálogo y la empatía.

La educación no puede ni debe volver a adoptar las mismas prácticas rutinarias que se traían hasta el 13 de marzo del 2020, cuando se decretó la suspensión total de actividades. Si bien ya se habían introducido algunas reformas educativas, en fondo y forma, fue la experiencia a distancia la que posibilitó, o más bien demandó, el desarrollo de una mayor autonomía del estudiante, una mayor participación de los padres en el proceso pedagógico y una actualización docente respecto de recursos digitales para enriquecer e incluso transformar explicaciones de conceptos.

Es necesario señalar los efectos adversos de la pandemia en la educación de miles de niños de áreas rurales que prácticamente abandonaron el seguimiento de sus clases debido a las dificultades económicas de sus familias; en otros casos, la deserción se debió a la imposibilidad de seguir las sesiones o explicaciones en línea, por falta de la conectividad necesaria, cuya ausencia produjo rupturas en la comunicación, dificultad para la entrega de tareas y discontinuidad en el aprendizaje.

La convicción, el afán de servicio y el sentido de humanidad de cientos de docentes hizo posible aminorar, al menos en parte, los efectos de tan prolongada e inusitada pausa. Existen muchos ejemplos que no solo deberían constituir anécdotas positivas, sino paradigmas que pueden guiar la evolución del sistema educativo, la innovación en la carrera magisterial y los requisitos para quienes aspiran a laborar en la educación pública.

El momento actual debe ser un parteaguas en la historia educativa del país. Si bien no puede ser borrón y cuenta nueva, sí se debió haber emprendido ya una recopilación sistemática de buenas prácticas desarrollados por educadores locales, pero también en otras latitudes, a fin de configurar el manual de la nueva escuela guatemalteca. El liderazgo de los buenos maestros es clave para poder repensar la educación y mantener el espíritu de cambio en la enseñanza. Así también, el Estado mismo debe enfocarse en proveer de una mejor conectividad a los planteles y a los estudiantes, para propósitos exclusivamente educacionales, a fin de cerrar la enorme y evidente brecha digital.

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