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Renovación de valores

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Una reinvención del liderazgo de figuras públicas es urgente y necesaria. Ya se trate de un funcionario electo, de un deportista exitoso, de un dirigente político o de un artista destacado, la proyección de una figura personal va más allá de los discursos protocolarios y las declaraciones mediáticas. Son las acciones las que concretan los valores que se proclaman y estos son un cascarón vacío si se vocifera una cosa pero se hace otra.

Es inviable que alguien figure en la política sin adoptar un código integral de ética pública, así como es incoherente convocar al diálogo y comportarse con intransigencia. Ser un ejemplo de hazañas deportivas o triunfos artísticos se enriquece aún más con una conducta personal vinculada con valores ejemplares orientados, sobre todo, a la niñez. Contar con seguidores jóvenes digitales sin aportarles ideales, sueños o nuevos rumbos de crecimiento personal representa una gloria pasajera.

Obviamente existe total libertad de expresión, se trata de un derecho inherente, y a la larga cada persona tiene la potestad de administrar su imagen personal como mejor lo considere. No obstante, existen abundantes y lamentables ejemplos de estridencias y despropósitos verbales que solo retratan de cuerpo entero a quienes los pronuncian y desnudan sus carencias académicas, humanísticas o incluso espirituales. Oír a un diputado calificar mediante la generalización falaz de “come frijoles” a la misma ciudadanía que le favoreció con su voto es una evidencia de tan lamentables desfases, sobre todo porque la alocución invocaba la defensa de la institucionalidad para justificar el presupuesto más deficitario y opaco de la historia.

La niñez y la juventud de Guatemala merecen crecer efectivamente en el inicio de la tercera década del siglo XXI, y no en un remedo de las pugnas polarizantes de hace medio siglo. Lamentablemente, tales dicotomías son exacerbadas por la misma miopía de discurso y por la escasez de referentes íntegros en el Estado: exfuncionarios que purgan condenas de prisión —y que alguna vez defendieron de dientes para afuera la probidad—, exmandatarios exconvictos o bajo proceso —que quieren pasar por víctimas—, diputados que se recetan un presupuesto que incluye comidas gratis —de las cuales carecen tantas familias en el interior del país— son incoherencias axiológicas que no deben permitirse más. Aun así, empiezan a pulular precoces seudopresidenciables que solo cuentan con exhibicionismos vacuos y alocuciones populistas sin un fondo metodológico real, sin trasfondo académico y sin un equipo técnico para generar nuevas alternativas viables de desarrollo a largo plazo.

Por eso es necesaria esa renovación ética, esa recuperación del valor de la palabra como símbolo de compromiso y no como moneda de cambio. Hay tantos ciudadanos, emprendedores, intelectuales, profesionales, científicos, estudiantes y trabajadores guatemaltecos que sin hacer alarde prosiguen hoy mismo su labor de construcción de un país mejor: un esfuerzo común, un gran ideal de nación en el que no deben tener cabida más mentirosos ni más demagogos, mucho menos más aprendices de autócratas.