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Repulsa total contra fanatizado salvajismo

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Grotesca, descomunal y muy criticada fue la brutalidad exhibida el año pasado en la serie televisiva surcoreana El juego del calamar, en la cual un grupo de personas desesperadas se enfrentaba a muerte entre sí en busca de un ingente botín. Sin embargo, tal premisa de ficción se quedó corta ante las dantescas escenas recogidas en canales deportivos y videos de celular al suscitarse violentas agresiones entre enloq   uecidos fanáticos de los clubes Querétaro y Atlas, que ante la inacción de la seguridad privada del recinto deportivo y la tardía reacción de la policía local pasaron de la gresca a una auténtica matanza, aunque la cifra oficial de fallecidos aún no ha sido confirmada por las autoridades.

La crueldad extrema, la deshumanización y el total irrespeto por la vida adquieren en este caso dimensiones demenciales porque se trata de crímenes reales perpetrados en público, sin un ápice de piedad, en medio de una multitud en la cual había familias completas y niños que corrían despavoridos, en ocasiones sin utilizar la camisola del equipo al cual apoyaban, por temor a ser víctimas de la agresión tumultuaria detonada, básicamente, por la sensación de impunidad combinada con odios colectivos y frustraciones personales transformadas en furia descarnada.

Además de compartir el duelo con las familias de las víctimas en el vecino país, enfocar este doloroso suceso sirve para advertir una vez más el riesgo que entraña la violencia dentro y fuera de los estadios. El futbol desata pasiones, grandes alegrías y también enormes decepciones, que en algunos casos devienen en conductas agresivas en las cuales las frustraciones subyacentes, los prejuicios y la presión de grupo pueden convertirse en verdadera pólvora.

El 27 de abril de 2014, Kevin Díaz, un aficionado del club Comunicaciones, fue asesinado a puntapiés por hinchas rojos, en las afueras del estadio del Trébol. Hubo una veintena de agresores pero finalmente solo fue procesado uno, Francisco Pirir Cancinos, quien fue condenado a 15 años de prisión. Al ser declarado culpable, Pirir afirmó: “No valió la pena haber actuado como lo hice”, y aludió a las arengas de agresividad propaladas por un comentarista. En otras ocasiones, los autobuses de equipos que se llevan la victoria en juegos de visita son atacados a la salida de las instalaciones deportivas con piedras y palos, conductas totalmente injustificables y sobre todo indignas de ser asociadas con cualquier concepto deportivo.

Tratar de restar importancia a los riesgos de la violencia fanática, diciendo que también ocurre en otros países, constituye una falacia. Descartar la posibilidad de que en Guatemala pueda ocurrir una masacre parecida a la del estadio de Querétaro sería una imprudencia y, por ende, las autoridades del futbol y las directivas de clubes deben emitir una postura respecto de los hechos mencionados, y también revisar los protocolos de prevención e intervención ante conatos de zafarrancho.

Por otra parte, es necesaria una amplia campaña social dirigida a revalorar el sentido auténtico de la competitividad deportiva. Se debe exaltar el valor de otras disciplinas de equipo y promocionar su práctica. Innegablemente el futbol es la más popular y la más practicada desde tempranas edades, pero ello redobla la necesidad de educar sobre los valores como juego limpio, respeto a los oponentes y total integridad en la acción individual. No se trata de una batalla sublimada, sino de un pulso de talentos y estrategias civilizadas, en la cual se debe felicitar al vencedor, no agredirlo.