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Talento que se proyecta

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Con la paulatina reducción de infecciones de coronavirus, sobre todo gracias al avance de la vacunación y a la continuidad de algunas precauciones como el uso de mascarilla y el distanciamiento físico, van recuperándose actividades culturales de teatro y música. Aunque ya se habían efectuado presentaciones en el último año, la reducción de aforos las hacía muy caras o financieramente desfavorables.

El retorno del público a los teatros es una oportunidad para que los artistas vuelvan a exponer su talento en todos los órdenes. A propósito de ello, es oportuno mencionar el cercano estreno de una producción cinematográfica guatemalteca, galardonada en el festival Ícaro y presentada en varios festivales durante los días de pandemia. Cadejo blanco es un filme que expone contradicciones sociales y situaciones de exclusión que forman parte del día a día de muchas comunidades. El cine tiene la ventaja de poder presentar temas polémicos a través de argumentos de ficción que sirven para propósitos de distracción, pero también motivan el diálogo.

Algo llamativo es la participación de dos jóvenes actores guatemaltecos, Karen Martínez y Brandon López, quienes también actuaron en La jaula de oro, una historia referente a la migración de indocumentados hacia EE. UU., lanzada en el 2013 y que obtuvo más de 20 premios y reconocimientos en festivales de México, EE. UU. y Europa, incluyendo el prestigioso Festival de Cannes, en Francia.

No son los primeros ni son los únicos talentos de interpretación cinematográfica en el país. Nombres como María Mercedes Coroy, Juan Pablo Olayslager o María Telón se posicionaron ya en el círculo de cinéfilos, junto con el de directores como Jayro Bustamante, Kenneth Müller, César Díaz, Elías Jiménez y Julio Hernández, entre otros. Además, existe ya una buena cantidad de camarógrafos de cine, expertos en edición, sonidistas, guionistas y productores que representan un gran potencial para poder incursionar con más fuerza a nivel continental en la producción fílmica. Lamentablemente, la indiferencia estatal poco ha abonado al avance de esta rama de expresión y también de exportación.

Más de 15 años llevan los esfuerzos por impulsar una ley nacional de cine y un instituto especializado, pues hasta ahora las producciones dependen de escuelas con cooperación internacional, donaciones privadas o financiamientos propios. En el 2021 se presentó en el Congreso una iniciativa relacionada, de la cual no se ha sabido más, posiblemente porque no representa oportunidad de negocios clientelares para una gran mayoría de diputados.

Hasta el momento, la producción nacional de cine sigue siendo una quijotada periódica, con distintos nombres detrás, pero con el mismo objetivo: aportar sueños, crear mundos y reflejar duras realidades que, a menudo, la inercia cotidiana no permite percibir con toda su crudeza narrativa. También existe un fuerte filtro negativo originado por la comparación respecto de superproducciones de Hollywood, con deslumbrantes efectos especiales y perfiles actorales de alcance global. Sin embargo, el cine guatemalteco ya ha dado mucho de qué hablar, positivamente, alrededor del mundo. Es tiempo de volver la mirada a nosotros mismos.