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Tiranía y corrupción son hermanas de sangre

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Todo corrupto es un cobarde. Actúa a escondidas. Maquina sus tranzas a espaldas de la ciudadanía. Teme ser descubierto y procesado por la justicia. Por eso intenta colocar a figuras afines en los cuerpos de justicia e incluso coparlos, para que no haya quien desnude sus robos y bajezas. No quiere críticos ni opositores. Los detesta porque le recuerdan su condición. El tirano no tiene signo ni ideología. Aunque intente pasar por líder, estadista o caudillo, termina por ser un simple dictador con miedo. Intenta cubrir su mediocridad con pelotones policiales apostados en las calles, y si eso no alcanza ordena atacar a la gente, esa misma a la que alguna vez dijo, de dientes para afuera, defender.

Es así como, en Nicaragua, aquel triunfante Daniel Ortega que proclamaba la victoria sobre la cruenta dictadura de Anastasio Somoza en 1979 se ha convertido en aquello que supuestamente combatió pero que ahora imita a la perfección con la ayuda de su conviviente y vicepresidenta, una designación que no solo confirmó los aires despóticos de su régimen, sino que agravó la respuesta represiva en contra de la ciudadanía. En abril y mayo de 2018 hubo aproximadamente 325 muertos, la gran mayoría jóvenes y estudiantes, a causa de la violencia policial y militar en contra de manifestantes.

En los últimos días, en año de elecciones, tanto miedo tiene Ortega de perder el poder que ha orquestado acusaciones y delitos, con ayuda de jueces venales, para encarcelar a precandidatos presidenciales opositores, comenzando por la periodista Cristiana Chamorro, una fuerte crítica de los abusos del gobierno que detenta desde 2007.

El populismo estafador tuvo un campo fértil después de dos gobiernos plagados de casos de corrupción y abandono de la agenda de desarrollo humano: los de Arnoldo Alemán (1997-2002) y Enrique Bolaños (2002-2007). Ortega aprovechó los desaciertos para venderse con aura de salvador, con todo e invocaciones religiosas. Al igual que cualquier tirano de la historia latinoamericana, recurre a argumentos demagógicos para tratar de justificar desmanes y aceita con favores o dinero la complicidad de organismos del Estado que validan oficiosamente sus designios.

Sin embargo, y esto es muy importante, Ortega ha gozado de otras complicidades tácitas; es decir, fomentadas por el silencio y la condescendencia. Nicaragua se convirtió en refugio de prófugos por corrupción, incluyendo a guatemaltecos, sobre todo en el gobierno anterior. Pero nadie decía nada. En febrero de 2018, poco antes de las matanzas, empresarios de la región se reunieron con Ortega. Engañosas conveniencias estratégicas y el afán por proteger el clima de negocios fueron caldo de cultivo perfecto para ennegrecer la dictadura, cuyos crímenes, extralimitaciones y corrupción empiezan hoy a pasar una abultada factura a la economía y la competitividad, la cual aumentará debido a las sanciones de Estados Unidos.

El costo de la dictadura nicaragüense golpea a todo el comercio de la región. Deben restablecerse sin demora las garantías constitucionales y es necesario exigir la liberación de todos los presos políticos, incluyendo a los precandidatos y opositores encarcelados por defender sus ideas. Todo tirano es un cobarde porque no soporta la libre expresión y por eso intenta acallarla. Pero la historia lo dice: irremediablemente todo tirano cae y solo tiene dos destinos.