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Resulta prácticamente increíble constatar, a estas alturas de la historia y en las circunstancias ecológicas que se viven, la extendida ignorancia prevaleciente y la perversa ambición dominante referente al valor real que tienen los bosques de cualquier latitud, ya sea de tipo nuboso o tropical, de región árida o templada. De manera indiscriminada, sorda y absurda continúan siendo destruidas grandes extensiones, incluyendo reservas protegidas, mediante talas y quemas en todas partes del país, en un inútil y ciego afán.

En apariencia, unas cuantas trozas rinden cierta cantidad de dinero; y un poco más si se trata de maderas preciosas. Pero tal precio recaudado es una bagatela, si se compara con la carencia creciente de lluvias, con la aridez de montañas y llanuras y, sobre todo, con la falta de fuentes de agua, que agobia a comunidades rurales y urbanas.

Si a la ignorancia y a la necedad que destruyen bosques se suma la necesidad ingente de líquido para irrigar cultivos y prestar servicio domiciliar en centros urbanos, nos encontramos ante el más grande de los absurdos, puesto que ni la educación, ni la autoridad del Estado, ni el más elemental sentido común han conseguido crear conciencia acerca de la necesidad de conservar las masas forestales: un imperativo que supera a la demanda de tierras para siembras o urbanizaciones. La impunidad prevaleciente en varias áreas del devenir nacional no es la excepción en el caso de crímenes forestales, puesto que las propias autoridades ambientales avalan cortes de árboles bajo supuestos pretextos de plagas que ameritan el exterminio legalizado de bosques completos.

El irrespeto a las leyes ha alcanzado tal dimensión que ni siquiera los parques nacionales se libran de invasores que arguyen ingentes necesidades, probablemente reales, pero que seguramente no se resolverán a largo plazo mediante la aniquilación de los árboles.

Naciones como Costa Rica nos llevan ventaja no solo a nivel futbolístico, sino también en cuanto a la apuesta decidida por preservar paraísos naturales. Millones de dólares en turismo ecológico cada año son la prueba fehaciente. Mientras tanto, Guatemala, que tiene muchos más bosques —todavía, más montañas lluviosas —todavía— y sumado a ello un colosal patrimonio arqueológico —todavía— en las tierras bajas de Petén, desperdicia este tesoro gracias a la ineficiencia, a la corrupción y a la inutilidad de funcionarios contratados gracias a adulaciones.

La gran tragedia de la Amazonía en llamas, devorada por el fuego, aniquilada por la indolencia de sus autoridades, tiene su propia versión guatemalteca, no menos triste y lamentable. Si en algo quiere diferenciarse el nuevo gobierno del actual debería ser en una apuesta seria, decidida, coherente y plenamente apoyada por el rescate y conservación de los árboles sobrevivientes en diversas regiones del país; ello, por no mencionar un masivo plan de reforestación que no sea pretexto clientelar para repartir dinero, sino un auténtico esfuerzo nacional por honrar el sagrado nombre de Guatemala, cuya etimología es, precisamente, lugar de bosques. Todavía estamos a tiempo.