Editorial

Un congestionamiento de impacto global

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La emergencia por repuntes de coronavirus en ciudades chinas, en las cuales se ha impuesto de nuevo el confinamiento, no es para nada una crisis distante, no solo por el aspecto sanitario, sino por el congestionamiento de miles de barcos cargueros en Shanghái, el puerto más grande del mundo y una de las ciudades en las cuales se han suspendido las actividades por rebrotes. El consiguiente atraso de embarques y acumulación de contenedores impacta en todo el globo. Ya había sucedido algo similar en 2020 y tardó meses en resolverse. Hoy ocurre de nuevo y con otros agravantes.

No es solo el problema del transporte en sí mismo, sino de toda la logística de comercio y suministro de materias primas. El mercado de EE. UU., el mayor consumidor del mundo, experimentó este embudo hasta mediados de 2021, con todo y atrasos de pedidos de todo tipo, que de alguna manera favoreció al hemisferio occidental porque se trasladaron muchas requisiciones al continente americano. Sin embargo, los fletes marítimos han subido por las dificultades logísticas, y esto, obviamente, lo paga el consumidor final.

En esa situación radica una de las causas del alza en los precios que afecta a EE. UU. y a países como Guatemala. Pero para completar la tormenta económica, la agresión rusa contra Ucrania ha bloqueado suministros de materias primas de metalurgia, fertilizantes y cereales, sobre todo trigo. Obviamente, los costos del petróleo y los combustibles se ven sacudidos por la inestabilidad, especialmente al alza debido a la demanda, al incremento de los precios de transporte, los contratos de compra y la incertidumbre generada por el afán belicista ruso, de una intransigencia tal que más parece una agenda de desestabilización que tarde o temprano le regresará.

La productividad guatemalteca padece los coletazos de este congestionamiento global, específicamente a través del incremento en el costo del transporte de productos de exportación a mercados de EE. UU. y Europa. También los golpea el atraso de embarques, que a la vez compromete cargamentos de productos perecederos. Incidencias como los bloqueos de carreteras impulsados por Codeca terminan de agregar complicaciones, gastos adicionales y tiempos muertos a la sufrida cadena comercial que no solo afectan a empresarios, sino a trabajadores y sus familias, incluso a productores locales.

Guatemala también debe cargar con los atrasos en los puertos locales, que se encuentran prácticamente al límite de capacidad instalada. Por desgracia, no existe ningún plan estatal serio para modernizar, ampliar o construir nuevas terminales de atraque. En esta situación inciden la miopía gubernamental, los intereses oscuros de mafias del contrabando que medran con la crisis y que bloquean la implementación de mecanismos tecnológicos para la revisión no invasiva de contenedores.

Mientras tanto, México, Honduras y El Salvador se adelantan en la carrera competitiva por el comercio marítimo, con lo cual los exportadores y los importadores guatemaltecos quedan a merced de las variables impuestas por otros centros logísticos de mayor eficiencia. Ciertamente existe una frase de pensamiento positivo referente a que toda dificultad trae una oportunidad. En efecto, así es, siempre y cuando exista la intención de resolver los problemas, de apoyar las propuestas y de incentivar la innovación para hacer frente a los desafíos. Pero, hoy por hoy, Guatemala se encuentra prácticamente inerme ante la borrasca multifactorial y no existe un liderazgo nacional que trace un rumbo más visionario.