Editorial

Un gran sueño en juego

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La reciente derrota de la selección nacional de futbol frente a su similar de El Salvador, en un juego de fogueo, constata las graves deficiencias y hace resaltar los enormes desafíos del balompié guatemalteco, algo que va mucho más allá del cambio de entrenador o de unos jugadores por otros.

Resulta ilógico pensar que, de la noche a la mañana, después de haber pasado dos años suspendidos por la Federación Internacional de Futbol Asociación (Fifa), a causa de la resistencia de la dirigencia anterior de la Fedefut a alinear sus estatutos de acuerdo con las exigencias vigentes, pueda observarse alguna transformación en apenas un trimestre, cuando recién se ha convocado a la elección de nueva directiva.

La vergüenza por la debacle del deporte más popular del país debe recaer, eso sí, sobre todos aquellos dirigentes nacionales y locales que avalaron, por conveniencias sectarias, pactos inicuos y beneficios económicos ilícitos, el desmantelamiento de los procesos de cultivo y germinación de talentos locales.

Personajes cuyos nombres no merecen ser repetidos en este digno espacio son los grandes responsables del mayoritario abandono del público de los estadios, de la arbitraria cuota de jugadores extranjeros, de la inclusión forzada de allegados en las alineaciones de selección nacional de diversas categorías que a su vez representa dejar fuera a talentosos jóvenes cuyo potencial, a diferencia de procesos en otros países, queda relegado y sin perspectivas de crecimiento.

Las afrentas cometidas por estos personajes, supuestos promotores del deporte, han abarcado una gama de prácticas deleznables, como el arreglo de partidos, tráfico de influencias, venta de votos y lavado de activos, las cuales reflejan que su verdadero interés se limita a enriquecerse a costa de las esperanzas y sueños de millones de aficionados de todas las edades.

El nuevo reto que tiene el futbol federado guatemalteco radica en la elección de perfiles íntegros y verdaderamente comprometidos con la transformación del modelo de desarrollo deportivo, lo cual incluye recuperar la mística nacionalista que permita rebasar las integraciones regidas por la chequera de equipos o patrocinadores adinerados.

El futbol tiene la magia de ser un sueño permanente que evoca infancias de todas las épocas, recuerdos dulces de niñez y adolescencia y a la vez horizontes futuristas que puedan decantarse en una nueva actitud de triunfo, a fin de recuperar y superar el nivel que alguna vez tuvo este deporte a nivel regional.

Nunca más deben tolerarse las imposiciones de oscuras dirigencias apadrinadas por monopolios o patrocinios enfermizos. Esto no quiere decir que se produzca un divorcio de los aportes comerciales y publicitarios, pero sí que se transparenten los ingresos, se fiscalicen los gastos, se mantenga la exigencia de resultados y se sostenga la nueva estrategia de descubrir a esas estrellas locales que tanta falta hacen no solo para el mejor desempeño de un seleccionado, sino para crear modelos positivos, éticos y ejemplares de conducta. Solo con una visión integral, así el futbol nacional será un juego limpio, exitoso y bien arbitrado.