Editorial

Un problema que contamina a todos

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Es lógico y comprensible el reclamo de la hermana República de Honduras por la marejada de basura que afecta sus playas, la cual proviene mayoritariamente del río Motagua y que a lo largo de sus más de sus 400 kilómetros en territorio guatemalteco recibe descargas de aguas servidas -que incluyen toneladas de desechos sólidos de la capital y otros municipios- que han transformado aquella apacible y majestuosa corriente en un enorme desagüe.

Según datos del Instituto de Ambiente y Recursos Naturales de la Universidad Rafael Landívar, en promedio cada guatemalteco genera una libra de desechos sólidos al día, que si se multiplica por el número de habitantes equivale a más 9 mil toneladas diarias, de las cuales solo la mitad tiene una disposición adecuada. El resto queda tirada en las calles o en espacios abiertos. En el invierno las lluvias arrastran botellas, envases plásticos, bolsas, cartones, empaques y demás materiales que van a dar a tragantes, y a falta de plantas de tratamiento llegan a las cuencas y de allí a los ríos.

Lo más dramático es que el problema con la contaminación por aguas servidas y desechos sólidos parece ser una cuestión ajena, porque una vez arrastrada la basura ya no se le ve, con lo cual el nivel de inconsciencia e insensibilidad se dispara, al punto de atribuir la solución solo a las autoridades de turno. No es sino hasta que otro Estado se pronuncia por el perjuicio de tantos desperdicios arrojados sobre su territorio marítimo que se enciende la alarma. Así ocurrió en el gobierno anterior, que implementó biobardas para retener desechos flotantes, cuya invención llegó a atribuirse el entonces ministro de Ambiente, quien no pasó de buscar protagonismo oportunista.

La solución emergente se volvió, como tantas otras medidas en este país, un pretexto permanente. El reclamo de los vecinos vuelve a poner en alerta al gobierno y a toda la ciudadanía acerca de la necesidad de implementar, ya, una cultura de manejo adecuado de desechos. El asunto no debe abordarse solo a causa de la queja hondureña, sino por el impacto que tiene la basura en todos los ecosistemas del país. Apenas el año pasado, el área de Manchón Guamuchal, una de las últimas reservas de humedales en el país, se veía inundada por el mismo mal: botellas, empaques, envases, bolsas y todo tipo de desechos. A principios de este año una descarga de residuos industriales, de origen aún no esclarecido, diezmó la fauna acuática del lugar, con total impunidad.

Solo a través de una reinvención coherente de la cultura ecológica, como una prioridad y no como un pretexto promocional, se podrá frenar el río diario de basura. Solo mediante la educación ambiental, que exhiba las consecuencias del descuido, se podrá generar una actitud de responsabilidad personal y colectiva. Es frecuente ver manos que lanzan botellas desde ventanillas de vehículos en marcha en las carreteras, encontrar bolsas de basura tiradas en calles y carreteras por malos vecinos que simplemente no quieren pagar el servicio de recolección y también lo es encontrar en calles de la ciudad basureros clandestinos generados bajo infinidad de excusas. Ahora el Gobierno deberá tomar medidas urgentes para afrontar la protesta de Honduras, pero es toda la población la que debe meditar, analizar y plantear un cambio de actitud colectiva para frenar el envenenamiento de las fuentes de agua que en unas cuantas décadas podrían ser las únicas que tengan para beber nuestros hijos y nietos.