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Una mina de futuro

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Guatemala tiene un tesoro enorme que ya quisieran ciertos países industrializados. Se trata de un potencial que corre el riesgo de perderse si no se aprovecha a tiempo. Es un recurso abundante pero limitado. El momento actual es el que permite lograr ventaja competitiva y rendimiento a futuro, pero no se está apostando por él. No es ningún metal, no es petróleo, pero sí es un recurso cultivable. Lamentablemente los gobiernos lo han malgastado con programas que relegan su verdadera dimensión histórica: dicho tesoro es el bono demográfico de niñez y juventud que el país tiene por tres décadas, que ya arrancaron.

Es la juventud de cada época que le ha dado a Guatemala sus grandes honores: desde el triunfo en la Maratón de Boston de Mateo Flores, hasta las medallas de oro, plata y bronce conseguidas en diversas disciplinas deportivas en juegos centroamericanos, panamericanos y olímpicos. Aún así la estrategia para descubrir talentos y apoyarlos con becas, campamentos y mejores entrenadores sigue siendo desigual y discontinua.

Son jóvenes quienes en su mayoría aportan su talento en diversos emprendimientos digitales y tecnológicos, dentro de los cuales destaca la reciente finalización del satélite cúbico Quetzal-1, que será lanzado por la Agencia Espacial Japonesa el próximo año. Desgraciadamente el presupuesto para ciencia y tecnología es mísero en comparación con los gastos en armamento, pago de plazas burocráticas de dudosa utilidad o viáticos y gasolina para diputados.

La generación nacida en los últimos años del siglo 20 y los primeros del 21 avanza ya con un espíritu de nueva ciudadanía, con las consiguientes necesidades de espacios de desarrollo universitario, laboral, social, económico y político. Constituyen un grupo clave de población que debería figurar entre las prioridades del Estado, no como discurso bien sonante, sino como proyecto de evolución nacional. Las inversiones estratégicas de crecimiento deberían ir más allá de las tradicionales fuentes de producción, en consonancia con las grandes tendencias como la expansión del sector naranja o de servicios, el estímulo a la generación de ideas creativas de productos y el aprovechamiento de las nuevas tecnologías para impulsar innovaciones competitivas a nivel de comunidades, a fin de romper con el centralismo macrocefálico que dificulta el acceso de los jóvenes a oportunidades de financiamiento, capacitación, promoción e interconexión global.

Para esto se deben romper esquemas anquilosados que impiden la participación del talento joven en diversos campos del quehacer nacional. Se necesita una efectiva transformación educativa, un cambio de paradigma en seguridad alimentaria y la creación de un gran plan de visión transgeneracional en el cual los jóvenes tengan participación. El Ejecutivo haría bien en replantear el ineficiente Consejo Nacional de la Juventud, que gasta más en funcionamiento de lo que realmente produce en perspectivas reales de superación para este segmento de población. Para empezar, debería constituirse como un instituto descentralizado, multicultural, dirigido no por una persona seleccionada a dedo, sino por un equipo rotativo, renovado, libre de contaminación clientelar, con la meta principal de generar al menos una prioridad en cada ministerio, a la cual le dará seguimiento público.