Editorial

Una plaga letal que debe ser combatida

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La muerte de Yeison Randolfo Chen Sacul, de 5 años de edad, en Sayaxché, Petén, a causa de lesiones internas presumiblemente causadas por una golpiza proferida por otros estudiantes, no solo desató expresiones de solidaridad hacia los padres, sino volvió a poner en la escena pública el problema del acoso escolar. Los ataques físicos suelen ser el remate de todo un proceso de agresiones verbales, psicológicas y actitudinales que en otros tiempos erróneamente se llegaban a ver incluso como dinámicas grupales normales, pero que en realidad eran y son conductas anormales generadas por patrones erróneos, machismo, violencia intrafamiliar, resentimiento y prejuicios raciales o económicos, entre otras situaciones.

Aunque ayer mismo las autoridades educativas de Petén contradecían las versiones iniciales sobre la muerte del niño, serán las investigaciones del Ministerio Público las que determinen responsabilidades y posibles circunstancias. El hecho es que Yeison tenía un riñón destrozado por golpes contusos y no recibió la atención médica necesaria a tiempo, al parecer porque se subestimó la gravedad de los síntomas que presentaba.

Solo en este año se contabilizan 51 denuncias de acoso escolar recibidas por autoridades educativas y 36 interpuestas en la Procuraduría de Derechos Humanos. Esto representa un promedio de 10 mensuales, o sea casi dos por semana, lo cual evidencia la magnitud de un problema social aún poco visibilizado, que deja graves secuelas en las víctimas y también en los perpetradores, puesto que ese tipo de actitudes hostigadoras deben ser frenadas. Bien haría el Ministerio de Educación en aprovechar todos los medios posibles para lanzar una campaña de información sobre las formas de identificar a potenciales víctimas de agresiones en las escuelas, sobre todo porque la propia naturaleza del hecho lo lleva a ser disimulado y cometido furtivamente. Según la Guía contra el Acoso Escolar, lanzada por el Mineduc en 2011, son los adultos de cada centro educativo, público o privado, los principales responsables de detectar esta clase de incidentes: maestros o personal administrativo y operativo.

El enfoque no debe buscar una resolución caso por caso o aguardar la aparición de alguno, sino atajar las condiciones que propicien el acoso. Es decir, el objetivo de cada plantel debe ser la construcción de un clima de amabilidad, dignidad y respeto, apto para el aprendizaje y en el cual sea notorio cualquier ejercicio de violencia. Debe existir en cada establecimiento un comité de maestros, padres y asesores que puedan identificar posibles focos de rencillas, estereotipos o discriminación. Eso no significa demeritar la calidad académica del centro educativo, sino, por el contrario, demuestra el abordaje integral de la formación que se fomenta.

Los epítetos, las expresiones despectivas y los apodos son agresiones verbales que pueden causar mucho daño en la autoestima de los niños, sobre todo si son proferidos en condiciones de indefensión o de indiferencia por parte de los maestros. Resulta fundamental romper la cultura de silencio que se torna causa y consecuencia, porque no solo promueve la impunidad, sino el agravamiento de la situación. La prepotencia y la falsa superioridad por causas étnicas, económicas o de pertenencia son conductas inaceptables bajo ningún punto de vista y contra ellas debe prevalecer la educación que fomente el amor, el respeto, la coherencia de valores y la asertividad para poder señalar todo atentado a la dignidad de la persona