Editorial

Una sola Guatemala

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Mañana, lunes 12 de agosto, cuando ya muy probablemente se tenga el nombre de las personas que ocuparán la presidencia y vicepresidencia del país a partir del 14 de enero de 2020, millones de guatemaltecos volverán a madrugar para arrancar la jornada cotidiana en los campos de la Costa Sur, en los cultivos del altiplano, en la fábricas, los comercios, los bancos, las carreteras; los vendedores informales estarán instalando de nuevo sus puestos en la 18 calle de la zona 1 y en mercados cantonales de todo el territorio. En pocas palabras, los guatemaltecos de a pie, los empresarios, los estudiantes y también las amas de casa estarán otro día, otra semana, otro agosto más al frente de sus labores, silenciosas pero vitales para el avance de la Nación.

Es por ello que la decisión que se tome en la jornada electoral de este domingo es clave, no en función de las personas que se elijan, sino por la claridad que deben tener, cualquiera que sea la opción política ganadora, sobre las necesidades de desarrollo largamente relegadas por aviesos intereses, ineficiencias y nepotismos.

El gran cronómetro de la historia guatemalteca se encuentra por cerrar, ojalá, un ciclo de decepciones y traiciones políticas. En las manos de quienes resulten electos queda agregarle otros cuatro años de descenso y deterioro o emprender la cruzada de recuperación nacional desde la sima de los grandes dramas nacionales como la desnutrición, la mala atención en salud, la desprotección ambiental o el manejo discrecional de compras y contrataciones.

Ambos partidos contendientes se han empeñado, en las últimas dos semanas, en señalar los defectos y yerros del contrincante, en lugar de haber tenido el valor civil de comprometerse a una agenda compartida básica de despegue económico. Nadie debía inventar el agua azucarada, pero aún así los últimos esfuerzos electorales apuntaron a una fórmula similar, en claro desafío a la inteligencia de los ciudadanos.

Los resultados de la jornada electoral de este domingo son importantes, sí, pero mucho más determinante será tanto la actitud de quien gane como de quien pierda. Rebajarse a reclamar fraudes y con ello a desgastar la institucionalidad no sería la forma más digna de escribir la historia de este ciclo democrático tan aquejado por errores e incapacidades. Hay mucho camino por recorrer y son demasiados los retos como para quedarse estancados en una discusión que no puede escapar del conflicto de interés político.

Los candidatos en contienda deben llamar a sus votantes, a sus partidarios y a sus aliados a respetar los resultados. Debe conjurarse cualquier polarización, puesto que para dividir ha sido magistral el gobierno saliente, al cual le quedan cinco meses de languidescencia en el marco de un acuerdo migratorio poco claro, poco consensuado y poco beneficioso para los guatemaltecos migrantes en Estados Unidos, a quienes poco ha apoyado públicamente . Tomar las riendas de este pacto avalado por un gobierno debilitado será el primer reto de la persona a quien los guatemaltecos confíen las tareas que debieron comenzar hace cuatro años pero que se perdieron en el camino. Guatemala es una. Es diversa, sí, en sus culturas, en sus expresiones, en sus ideas, pero unida por el ideal de legar un país mejor a las nuevas generaciones.