la era del fauno

Escenas de un día cualquiera

Juan Carlos Lemus @juanlemus9

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Uno. Los guardias de seguridad que trabajan en las garitas de espacios habitacionales viven expuestos a los gritos, insultos, malos modos de hombres y mujeres, señoras y señores que se creen residentes exclusivos o visitantes distinguidos. Juntos van la fantasía del poder y el arribismo. Personas hay que tratan a los guardias con desprecio. Por ahí he escuchado: “Apurate, vos, que no tengo tu tiempo”.

Dos. La anciana que vende periódicos en una esquina antes de cruzar hacia el bulevar Los Próceres, que madruga para vender los diarios y a ratos descansa sentada sobre la acera, no es una persona ejemplar porque se esfuerza trabajando, es un ser humano explotado hasta en los últimos años de su vida. De igual manera, los niños lustradores de zapatos que son retratados por los diarios para los días del trabajo y puestos como ejemplo de honradez y lucha, en realidad son evidencia de que en este país se ultraja la ficción que dice: “El Estado protegerá la salud física, mental y moral de los menores de edad y de los ancianos. Les garantizará su derecho a la alimentación, salud, educación y seguridad y previsión social” (CPRG).

Tres. Los vendedores de fruta con limón en bolsitas son dejados con todo y carretilla a la vera del camino por los dueños del negocio. Mientras rodajean piña, manzanas o mango, exponen su vida, aguantan sol, agua y hambre; reprimen sus necesidades fisiológicas y reciben humo negro. Almuerzan un pan, tortilla o alguna fruta.

Cuatro. Los encargados de los ascensores están condenados a repetir buenos días, buen provecho, feliz tarde, que le vaya bien, está lloviendo, igualmente, gracias, qué calor, ya no llovió, tantas veces como individuos suban o bajen durante ocho horas. En realidad, lo repiten el doble de la cantidad de usuarios, dado que quien saluda de entrada lo hace también de salida. Si un ascensorista se coloca audífonos para no verse obligado a responder lo mismo el día entero, todo un año laboral, durante 10 o más años de su vida, esta cultura tan extraña lo tachará de “maleducado”. Por cierto, bien haríamos en no preguntarle —como vi que hizo alguien ayer, dándoselas de amable conversador—: “¿Qué está leyendo?”.

Cinco. Los cajeros de supermercados tienen apenas media hora para almorzar. Cada minuto que pasan de largo trabajando no lo repondrán. Permanecen el turno de pie, ya sea caminando o en la caja. Su ritmo laboral, que incluye exceso de calor en galeras poco ventiladas, se ha normalizado.

Durante la Edad Media, en los coros de las iglesias se utilizaba una especie de silla para recostarse y seguir de pie. Eran muebles de madera a los que se les denominaba misericordia. Tenían un asiento reclinado donde los del coro apoyaban disimuladamente las nalgas, de forma que no se mantenían del todo de pie, pero tampoco estaban sentados. Su nombre, misericordia, era porque gracias a eso no se caían de sueño ni se desmayaban durante los extensos sermones. Vi unas misericordias en las cajas de una megaferretería, para uso de los cajeros, pero, según me dijo uno de ellos, solo pueden recostarse cuando no hay clientes. Las únicas que pueden emplearlas cuando quieran son las cajeras, si están embarazadas.

Seis. Por increíble que parezca, los motoristas que irrespetan las señales de tránsito, que se suben a las banquetas y abusivamente se paran sobre los pasos de cebra destinados a los peatones, sin el casco ni la moto, suelen ser amables. O se podría decir al revés, que por increíble que parezca, algunas personas respetuosas, apenas se suben a la moto se transforman de amable señor Jekyll a ominoso Hyde.

@juanlemus9