La era del fauno

Hasta Catar, entonces

Juan Carlos Lemus @juanlemus9

Jerjes mandó azotar al mar porque se había tragado sus barcos. Podemos imaginar a sus soldados dándole 300 latigazos e insultándolo, pues las instrucciones fueron pegarle y maldecirlo. No sabemos si aquel escarmiento sofrenó al mar y lo hizo vomitar lo devorado.

Es probable que lo absurdo sea —también— pedirle a Dios un gol. Ayunar y caer de rodillas en los graderíos, o suplicar a la guadalupana que nos dé ese triunfo y se lo quite a otro que también se lo implora. ¿A quién de sus hijos atenderá Dios si bandos enfrentados le piden un gol? Cuando el diablo triunfa, sin embargo, cuando Satanás hace de las suyas, los puños contra el terreno de juego han de viajar hasta sus portones.

Habrá quien siendo apenas uno más entre millones de aficionados sufrirá durante días tirado en la cancha de su televisor porque perdió “su selección”. Su jugador favorito lloró. Hay quienes padecen en nombre de su futbolista pensando en lo frustrado que habrá de sentirse. La verdad, ese pobre jugador se quita la tensión yéndose de inmediato a veranear a su casa de Lisboa, en la Toscana o en Beirut, no sé, donde lo atienden como rey, con sodas y masajes. El seguidor, en cambio, sufre apuñuscado en su tráfico de emociones, hace suyo el pesar o la gloria, según sus posibilidades. Se da por golpeado o gratificado. Su agonía es onanista. Ya Özil, Marcelo, Salah, Messi o Ronaldo van por el tercer masaje en tanto el afectado por el tercer sótano del dolor.

En los torneos mundiales hay una identificación del individuo con el otro, con el jugador en el que se proyecta, o en el que proyecta sus anhelos. Hasta su propio país se agranda. Surge una pertinencia regional. El sueño latino. Como si al ganar Costa Rica ganásemos todos. ¿Ganar qué? poca cosa: el reconocimiento del mundo sobre el futbol centroamericano. Esa identificación del individuo con su estrella o de su país con la región algo tiene de herida abierta. Una parte de mí sufre porque perdieron y lucharon tanto, se lo merecían tanto, fue tan injusto… La llaga trasciende el juego. No por casualidad el aficionado humilde se identifica con el jugador humilde, solo que coronado. Al final, Cavani vuelve a su hermoso Uruguay o a París; los islandeses regresan a su tierra a preparar mejor a sus deportistas, y Guatemala sigue luchando con sus asuntos de corrupción tras perder su selección favorita, su continente y su vecino.

Dios da, Dios quita, dicen, solo que quizá no goles ni tiros al arco ni puntería. El ser humano se desmarca de sí mismo y cede al otro la dicha o la condena. Un hilo divino toma las riendas del partido. La mar que se traga los barcos, amigos para unos, corsarios para otros. Además de que en cada encuentro no se le gana a un equipo sino a otra nación, a su historia, a su poder económico. En el futbol el juego entero es una pena máxima.

Los deportistas de países pobres parecen más devotos que los de países desarrollados. Pese a ello, se fueron las estrellas creyentes. Los padres del protestantismo, excampeones mundiales, tampoco rezaron lo suficiente y eso les habrá pasado la factura pues no llegaron ni a octavos. Tampoco hicieron su tanto los asiáticos. Nunca se les observa en postura de meditación antes del partido ni llevando pancartas de dioses Kami o de Buda. Si en algo puntean los japoneses es en limpieza y en maravillosos actos ego reductores. Asearon los graderíos. Gran novedad para pueblos sucios acostumbrados a botar basura para que la recojan los criados.

Esta vez, puede que ganen los diablos belgas. Dios nos asista. Proseguiremos esta narración en Catar 2022.

@juanlemus9