La buena noticia

Hermógenes López

Mario Alberto Molina mariomolinapalma@gmail.com

Hace hoy 40 años, el sacerdote Hermógenes López Coarchita fue asesinado en el camino que de San José Pinula lleva a la aldea San Luis. Era párroco allí. Regresaba de asistir a un enfermo que había solicitado sus servicios espirituales. Le faltaban dos meses y medio para ajustar los 50 años. Ejerció el ministerio sacerdotal casi 24. Su cuerpo aguarda la resurrección de los muertos en la iglesia parroquial. El aniversario de su muerte, como es costumbre en la piedad católica, se conmemora desde entonces con la celebración de la santa misa. Pero esta celebración, multitudinaria y festiva, sin dejar de ser oración por su alma, es memoria agradecida por el testimonio de un pastor bueno y anticipo jubiloso del día en que quedará inscrito en el libro de los santos de la Iglesia.

La Arquidiócesis de Santiago de Guatemala lleva adelante el proceso que culminará, si Dios así lo quiere, en su beatificación. Muchos suponen que su muerte violenta se debió a que contrarió intereses poderosos al defender los de sus “pinulas”. Como su asesinato no ha sido esclarecido, no sabemos si fue así. Pero lo que hace a Hermógenes santo no fue el balazo final, sino su estilo de vida y su espiritualidad madurada en el ejercicio de su ministerio de párroco de San José Pinula y Fraijanes durante 12 años.

La imagen de la vida y de la figura de Hermógenes López que se difundió después de su muerte y que dura hasta hoy procede del librito del padre Julián Méndez, quien dos meses después del asesinato publicó un panegírico de la vida de Hermógenes a modo de biografía. Es la única que hay. El librito nace de una genuina admiración y estima hacia el “santo”, como lo llama él. Pero algunas de sus páginas dan motivo para pensar que al autor lo movían también otros intereses. Instrumentaliza a su personaje para impulsar nacionalismos clericales en un tono reivindicativo ajeno a la espiritualidad de Hermógenes. Por eso, para conocer la matriz de donde nacía el celo pastoral del siervo de Dios es necesario recurrir a sus escritos, que son sobre todo cuadernos. Unos llevan el título de “Diario de la Parroquia de San José Pinula” y otros contienen comentarios sobre los “Enfermos visitados”. Hace diez años, el hermano Santiago Otero editó los primeros con el acierto de incluir al pie de página abundantes textos del segundo grupo, facilitando así una lectura sincrónica de ambas obras. Este libro nos permite entrar en la interioridad espiritual de Hermógenes López.

Se muestra como sacerdote que ama a su pueblo, que vive con la conciencia abierta a Dios, al que pide, cuestiona, agradece los sucesos que van marcando su camino pastoral y la andadura de la parroquia. Cuando narra alguna situación que le suscita un cuestionamiento, la reflexión se trasforma en oración. Entre tantos ejemplos, uno del 27 de mayo de 1969. Al comentar que hay muchos fieles suyos que son “santitos”, comenta: “Señor, que aumente ese número sin cesar, hasta el día de mi partida a otra Parroquia, o de esta Parroquia al Cielo”.

El 1 de agosto de 1968 debe cambiar su agenda del día para ir a visitar a un enfermo y llevarle el sacramento de la unción. El camino es largo: una hora en carro y “varias horas a pie”, bajo la lluvia, por parajes abruptos. Al describir ampliamente la jornada, ora: “Señor, hoy gasté todo mi día por la causa de mi vocación: salvar almas.” Y dice que ese día tenía color rojo. “¿Me permites, Señor, decir por qué rojo? El rojo, dicen que habla de sangre, también de heroísmo y convencionalmente de amor. Sangre no hubo en esta ocasión; heroísmo tampoco. Entonces, ¿habría amor? Yo creo que sí. Sí, Señor mío: pienso que sí hubo amor”.

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