Opinión

Catalejo

Imposibilidad de esperanza y confianza

Mario Antonio Sandoval

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Mario Antonio Sandoval

Guatemala es una nave cuyo naufragio comenzó hace tiempo, alrededor de 22 años. Ninguno quisimos verlo cuando inició con una serie de hechos pequeños, por lo cual los ciudadanos caímos en el error de considerar las inmoralidades políticas, sobre todo, pero también sociales, económicas, académicas, sindicales y también religiosas, como algo demasiado sencillo, poco importante, para alzar la voz en contra de los abusos. En esto tuvo especial participación la tradicional actitud de “mejor no meterse” de los guatemaltecos, hombres y mujeres, como consecuencia de una guerra interna cuya existencia ni siquiera se conocía en sus crueldades, por una buena parte de la población. Podemos decir: ese barco de la etapa democrática comenzó a anegarse el mismo día de su instalación.

La necesaria serenidad para analizar los hechos históricos en sus raíces y sus razones, hasta ahora comienza a aparecer, pero por desgracia, así como la guerra fue el resultado de la Guerra Fría y por tanto ni Guatemala ni Centroamérica tenían posibilidades de influir. Esta etapa analítica para ver el pasado reciente, de gran importancia porque es un lapso en el cual ha vivido alrededor del 60% de la población, sirve además para escudriñar y encontrar la realidad actual como es y cómo serán sus consecuencias. Entre ellas la peor: el retroceso social y económico, en una etapa de lucha absurda por lograr un retroceso histórico, porque algunos lo creen posible. En ese marco tan complicado y oscuro, se mueve la vida de estas nuevas generaciones actuales.

Tengo nueve nietos. Tres son adultos y los otros, entre 12 y 2 años. No sé cómo le contestaría a la pregunta de ¿por qué Guatemala está como está? ¿Qué pasó? Hace unos días recibí un mensaje electrónico, el cual se refería a la generación entre 1940 y 1960 como la última de buenos modales. Pero al ver un poco hacia atrás, me doy cuenta de pertenecer a una generación fracasada. Los avances del mundo son tecnológicos, pero en lo social, político y económico, fracasamos. La distancia entre Guatemala y el primer mundo es cada vez mayor, a pesar de los edificios altos y los carros de lujo rodantes en las calles capitalinas, cada vez más llenas a toda hora porque no ha mejorado la infraestructura debido a autoridades ediles y gubernativas cada vez peores.

Dos son los más serios enemigos para toda sociedad: la mala calidad de los servicios médicos públicos, incluyendo el IGSS, y la pésima realidad de la educación gubernativa, dirigida ahora por un perfecto ejemplo del abuso de los sindicatos públicos. Joviel Acevedo no será perdonado por la historia ni por la realidad actual, porque un pueblo sin educación es regalo de cumpleaños para los políticos populistas de izquierda, tipo López Obrador, o de derecha, tipo Trump. En esas condiciones, existentes en Guatemala, es imposible evitar la llegada de aprendices de tiranos por la vía electoral. Y se cumple el temor de Sócrates, hace 2,500 años, sobre el peligro de darle a cualquiera la responsabilidad de escoger quién gobernará un país.

Otros enemigos terribles se muestran en las hordas de partidos políticos, pues aunque no lo son, funcionan como tales, se nutren de tránsfugas y se encargan de integrar la gavilla, es decir gente de baja calidad, gentuza. De los actuales sólo dos no encajan en esta definición. Al agregar estas realidades a la economía en su verdadero sentido, es decir aquella cuya aplicación no causa un éxodo pertinaz y sólo descubierto hace poco en su verdadera magnitud, a causa de la inhumanidad de personajes del Norte, hay un resultado imposible de evitar: la pérdida de la esperanza porque la confianza mínima actual ya desapareció. Quien ve el futuro observando hacia abajo, no a una media o larga distancia, ha perdido su derecho a llorar cuando comiencen los frutos de los árboles venenosos sembrados.