Catalejo

Incrementa incertidumbre en la sufrida Venezuela

Mario Antonio Sandoval

Cualquier persona con mediana capacidad de análisis no tiene más remedio: apoyar la idea de ayudar a Venezuela a deshacerse del tipo de gobierno encabezado por Hugo Chávez y luego continuado por Nicolás Maduro. Pero es necesario actuar con cautela, con el fin de evitar el derramamiento de más sangre, sobre todo de jóvenes simpatizantes del gobierno o de la oposición, y de terminar con un período histórico casi increíble hasta hace pocos años a causa de la enorme cantidad de sus recursos naturales, sobre todo el petróleo, cuyos aumentos estratosféricos de precio convencieron a una serie de gente sin capacidad política de manejar las riendas, ni de aceptar la posibilidad de descenso en los precios de esa materia prima, de la cual la economía venezolana ha sido abrumadoramente independiente.

Se trata de una situación muy complicada, imposible de explicar de manera simplista, porque son demasiados los factores. Chávez y luego Maduro llegaron al poder porque los venezolanos estaban hastiados de la corrupción de la clase política tradicional. Apostaron por dos gentes autoidentificados como no políticos, pero haciendo política. El primero de ellos se apoyó en la memoria de Bolívar y de allí el sobrenombre Bolivariano a todo, incluyendo el propio país. Ahora, Maduro lo hace buscando apoyo con el nombre de Chávez. No hay, en realidad, una base ideológica, porque hablar de socialismo del siglo XXI es un concepto sin definición teórica real. En la economía se concedió el manejo a correligionarios y no a conocedores. El resultado está a la vista.

La realidad política venezolana en este momento es dolorosa. Por un lado, la participación total y profunda entre opositores y simpatizantes, ya sin posibilidad de negociación alguna. El país tiene ahora dos presidentes y dos Asambleas Nacionales. Un joven de 35 años se proclama primer mandatario y logra el apresurado apoyo de Donald Trump y de al menos 16 países latinoamericanos, la OEA y la parte simpatizante de una Europa igualmente partida en dos, y del otro lado el apoyo manifiesto de Rusia y China a Maduro, países ideológicamente adversos a Estados Unidos, pero además con el elemento común de ser acreedores de Venezuela por cientos de millones de dólares, por lo cual la salida de Maduro los afecta económicamente, razón de más para enfrentar a su enemigo Estados Unidos.

Maduro tiene la ventaja para él del apoyo de las fuerzas armadas, expresado ayer por el ministro del ramo en un calmado discurso donde no quedaron dudas: apoya a Maduro, lo cual en la práctica deja sin mucho efecto el apoyo ofrecido por los países mencionados, y además hace inútil la reunión del Consejo de Seguridad de la ONU, donde Rusia y China vetarán toda acción. Los gobiernos de países como Guatemala no parecen entender las posibles consecuencias para ellos derivadas de la actitud de Trump. La diplomacia estadounidense estilo trumpiano es una amenaza a las endebles democracias latinoamericanas, como las acciones de Jimmy Morales, mientras que el apoyo de Ortega a Maduro tiene lógica porque coincide con su posición desde hace mucho tiempo.

Pese a esta realidad, la razón está de lado de quienes adversan al régimen madurista. El país está en la calle, literalmente y también figuradamente. El apoyo de los chavedólares ya desapareció. Son demasiados los ciudadanos lanzados a manifestar en contra del gobierno y Maduro debe admitir como única posibilidad la de abandonar el poder y permitir nuevas elecciones, porque las anteriores fueron amañadas de forma absurda y vergonzosa, como las del dictador Ortega. El triste criterio mexicano de considerar interferencia a los asuntos internos de un país al apoyo a la posibilidad de un baño de sangre es un error total. Siguiendo ese criterio, el apoyo de México a Grupo Contadora para terminar la guerra interna en el istmo centroamericano fue intervención en asuntos internos. No puede ser visto de otra manera.