La buena noticia

Jornada Mundial de la Juventud

Mario Alberto Molina mariomolinapalma@gmail.com

Escribo estas líneas desde Panamá, donde se desarrolla la 34 edición de la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ). El número requiere explicación, pues para llegar a esa cifra hay que sumar actividades de diverso alcance y magnitud. La primera JMJ se celebró en 1986, pero había sido precedida de otros encuentros multitudinarios de jóvenes en Roma, que inspiraron al Papa para su ampliación al mundo entero. Juan Pablo II estableció que la JMJ sería una actividad anual. Unos años tendría alcance local, por medio de una concentración de jóvenes de cada diócesis el Domingo de Ramos y otros años tendría un alcance mundial, con una concentración de jóvenes de todo el mundo junto al Papa en ciudades elegidas de antemano. En verdad la actividad anual en cada diócesis ni se hace siempre ni en todas partes. El Domingo de Ramos, sacerdotes y obispos ya están ocupados con las celebraciones del inicio de la Semana Santa como para organizar otra cosa más y los mismos jóvenes están ocupados en las celebraciones de sus comunidades y parroquias. Sin embargo, cada año entra en la cuenta, y de ese modo, desde la que se hizo en 1986 hasta esta del 2019 suman 34 ediciones. Actualmente este acontecimiento mundial se realiza cada tres años en una fecha y lugar elegidos, según la conveniencia y oportunidad.

El propósito de la JMJ es convocar a los jóvenes para que fortalezcan su fe y su propósito de ser seguidores de Jesús. Ellos son los testigos de Jesús para el futuro. Por eso es importante que tomen conciencia de cómo la fe católica orienta y da sentido a millones de jóvenes por todo el mundo. La fe en Cristo es una respuesta válida y consistente a los cuestionamientos sobre el sentido de la vida del joven de hoy. Él debe hacer opciones que definen su identidad, mientras vive en una cultura que se seculariza o que pretende relegar la religión a los márgenes invisibles de la sociedad. El joven vive en una cultura que ofrece respuestas superficiales o se incapacita para darlas porque ha renunciado a plantearse las grandes preguntas sobre las realidades fundamentales de la existencia humana.

La JMJ se estructura a lo largo de un par de semanas, con actividades variadas. Las hay masivas, que preside el Papa, como son la vigilia y la misa de clausura y envío. Estas son las que transmiten los medios y reciben cobertura en la prensa. Pero hay también otras actividades, quizá las de mayor incidencia, que se hacen con grupos más pequeños y por eso no reciben atención de los medios.

El jueves participé en una de ellas. En una de las parroquias de Ciudad de Panamá me reuní como con 250 jóvenes procedentes de México, República Dominicana, Perú, Ecuador, Argentina y también Panamá. Así ocurrió en cientos de lugares en la ciudad y alrededores. Cada grupo fue atendido por uno de los obispos participantes. Me correspondió dirigir una catequesis de media hora sobre la respuesta del hombre a la llamada de Dios. Se trataba de ayudar a los jóvenes a reflexionar sobre las razones por las cuales son creyentes y cómo una vida con sentido se articula desde la respuesta personal a la voz de Dios. A la catequesis siguió otra media hora de preguntas de parte de los asistentes, que en un par de ocasiones llegaron a ser extremadamente personales. La mañana concluyó con la celebración de la misa y luego un almuerzo con una docena de los participantes. Fue un momento de atención muy personal, que hace contrapeso a las actividades masivas más impersonales. Espero que esta edición de la JMJ ayude a muchos jóvenes a encontrar en Jesús una referencia válida para su vida y su opción profesional.