EDITORIAL

La ardua tarea de López Obrador

Andrés Manuel López Obrador es la más reciente encarnación de la expresión del hartazgo ciudadano, a causa de la ineficiencia, la corrupción, la violencia y el generalizado abuso de poder, como registra la historia de la mayoría de los gobiernos latinoamericanos y de muchas otras naciones, en las que la democracia ha sido pervertida e irrespetada la aspiración de los votantes.

López Obrador no solo arrasó en las elecciones del pasado domingo en México, sino que lo hizo de manera inédita, derrotando a sus competidores en una histórica votación en la que incluso supera los votos de sus tres rivales juntos, algo no visto antes en el continente.

En buena medida eso se explica por la debacle del Partido Revolucionario Institucional (PRI), de triste memoria, pues la acumulación de poder a lo largo de 70 años llegó a ser calificada de dictadura perfecta, cuya primera gran derrota ocurrió a principios de este siglo, y tras dos períodos en la llanura volvieron al poder, solo para profundizar el deterioro.

Efectivamente, el gobierno de Enrique Peña Nieto empezó muy pronto su descalabro, y casi al inicio de su sexenio ocurrió el famoso caso conocido como Casa Blanca, en referencia a la mansión propiedad de su esposa y que habría sido comprada a contratistas del Estado. El de mayor impacto social fue el caso Ayotzinapa, con la desaparición de 43 estudiantes en el 2014, sin que hasta la fecha se sepa de su paradero.

Esa violencia atroz e incontrolable, unida al desborde de la corrupción, minaron cualquier posibilidad para el oficialismo, cuyo candidato hoy fue relegado a una tercera posición, con lo cual también se percibe un mayor debilitamiento del hasta ahora partido de Gobierno, también una de las instituciones más verticalistas de la política mexicana, al extremo de que han sido los presidentes de turno quienes han decidido, a dedo, al aspirante a la presidencia.

La victoria de López Obrador debe ser vista con detenimiento, porque no solo obtuvo una cifra histórica de votos, sino que también, junto a sus aliados, tomarán el control de las dos cámaras del Congreso, para operar como las típicas aplanadoras latinoamericanas, una tentación a la que deberá resistirse, porque hasta ahora solo han servido para enraizar los grandes males que aquejan a las democracias latinoamericanas.

Quizá por eso se explique que lo primero que ha hecho el candidato es enviar un mensaje tranquilizador a empresarios, opositores y mercados internacionales, para que no se agiten las aguas antes de tiempo, y lo propio han hecho algunos de sus asesores en materia económico-financiera, al reunirse con expertos internacionales para aquietar las aguas, ofrecer que no habrá una subida de impuestos ni medidas radicales en la administración de poderosos consorcios estatales.

López Obrador debe comprender que su principal reto es no defraudar las expectativas de sus electores, porque carga sobre sí la desconfianza de muchos expertos, entre los cuales existe un generalizado consenso de que le será sumamente difícil cumplir sus promesas electorales, porque muchas de ellas son irrealizables y corre el riesgo de engrosar la galería de populistas latinoamericanos.