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La realidad reduce vida del madurismo

Mario Antonio Sandoval

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Muchos motivos explican el relativo poco interés de los guatemaltecos por los acontecimientos actuales ocurridos en la sufrida Venezuela. Distancia, poca relación, desinterés, desconocimiento de las razones de la victoria y popularidad del negativamente carismático Hugo Chávez, ni de su despreciable sucesor Nicolás Maduro. Pasó la época del petróleo a precio estratosférico y ahora se pagan las consecuencias del manejo ideologizado de la única industria real y de la economía. Ya comenzó el tiempo de la sublevación popular por hambre y falta de insumos mínimos, con el resultado del incremento de la violencia gubernativa, uno de los factores históricamente presentes en todo proceso previo a cambios desordenados e impredecibles derrumbes de dictaduras.

Tengo amistad con venezolanos, cuyos relatos de casos de la vida cotidiana, aunque sean comunes, tienen valor especial porque dejan de ser cifras estadísticas. Carolina es una colega periodista, en cuya columna pude enterarme del caso de dos ciudadanos: una mujer, bandera en mano, se paró frente a los tanques. El joven hizo lo mismo, pero desnudo. Esa valentía fue pagada con golpes, y en 13 casos, con la vida de esos patriotas. Un video muestra a ciudadanos entrando violentamente a un supermercado para sacar comida. Otro ejemplifica a tres policías apaleando a un joven desarmado y reprimiendo con violencia a manifestantes mientras en el audio se escucha la voz chillona de Maduro negando la represión oficial y ofreciendo cárcel a quienes la hagan.

El sábado recibí el video de tres oficiales de nivel intermedio, identificados, quienes desconocen a Maduro como comandante supremo para evitar una posible “inconcebible e inaceptable” guerra civil. El gobernante, mientras, anuncia su decisión de darle armamento a medio millón adicional de milicianos, a fin de aumentar su número a un millón. La ONU, preocupada porque ello, aumentará la tensión, y once países latinoamericanos, entre ellos Guatemala, condenan las muertes de manifestantes opositores. Los videos muestran también a bandas de motociclistas encapuchados, pero también al gobernante pálido al verse obligado a escapar de una multitud de “colados” desafectos durante un acto oficial realizado en algún área pobre caraqueña. Son preludios de caos.

El análisis político sereno observa a un Tribunal Supremo Electoral cooptado, desconocedor de la voluntad popular indicada en las elecciones del 2015 y decidido a suspender las próximas. A los voceros recalcitrantes con mutuas acusaciones entre del gobierno y la oposición, esta última incapaz de cerrar filas, y a cesar empujones y turbas internas políticas. Esto explicaría en algo la salida de gente hastiada a las calles, en contra o en favor del madurismo y su compra de voluntades con el reparto de alimentos a los pobres. Ambos grupos antagónicos esperan el fracaso del adversario, desde hace tiempo, en una actitud inefectiva y causante de tantas muertes innecesarias y, sobre todo inútiles. En otras palabras, y por cualquiera de las razones posibles, Venezuela se hunde lentamente.

Las dictaduras normalmente caen cuando se quiebra la base de su apoyo o cuando el pueblo se hastía. Ese apoyo ha sido ejercido en Latinoamérica por los militares de alta jerarquía y por ello en 1983 los llamados “oficiales jóvenes” separaron a Lucas García: el gobierno cayó por causas internas. Es un salto al vacío si hay desorden y falta de entendimiento entre civiles y castrenses dignos. La cleptocorrruptocracia militarista venezolana se tambalea y por fin la comunidad internacional se está viendo obligada a actuar, al no poder ignorar las lágrimas ciudadanas ante la soledad, falta de ayuda y desidia. Los militares jóvenes de Venezuela necesitan analizar casos como el guatemalteco para decidir si se debe actuar en forma adaptada a la realidad actual de su país.