Opinión

Aleph

¿Con censura y sin cultura?

Carolina Escobar Sarti

Carolina Escobar Sarti

Entré al recinto aquella tarde de julio. Llevaba en la mano algo que, sin exagerar, era algo así como un mapa del tesoro en un país donde los libros y la cultura pueden ser aún transgresores u objetos de lujo para muchos. A la vista, editoriales nacionales y extranjeras; universidades guatemaltecas —URL, UVG y UFM—, mexicanas —Unam o la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas—, salvadoreñas —UCA—; centros de pensamiento, librerías, asociaciones de cine, bibliotecas, cámaras del libro, fundaciones, países donantes, medios de comunicación, bancos, iglesias, instancias de gobierno, NatGeo, bibliotecas y más.

En el programa, entre los cuentos de hadas y los cuentacuentos, aparecía el Congreso de lectoescritura, las charlas y conferencias sobre Simone de Beauvoir o la narrativa francesa que quiso escapar de la trama, las nuevas voces poéticas, los derechos de autor y las industrias creativas, la cultura y la integración regional, o la justicia reparadora. También una estación de audiolibros en k’iché, mam y español; editoriales de varios países con una oferta generosa de libros; talleres de música y movimiento, de literatura infantil, caligrafía árabe o para personas con discapacidad visual; presentaciones, conversaciones y firmas de libros de géneros y autores muy diversos, nacionales e internacionales; encuentros bibliotecarios o literarios, mesas redondas, conciertos, cenas y cine al aire libre. Todo en los pocos días de la Filgua 2018, dedicada a Jesús Chico y considerada patrimonio nacional por muchos.

Cuando pienso que en Guatemala hay ocho millones 367 mil 642 niños, niñas y adolescentes entre 0 y 19 años (INE/2017) y que más del 50 por ciento de ellos está fuera del sistema educativo, considero que una feria del libro es un milagro. El 65 por ciento de la población guatemalteca es pobre o extremadamente pobre, y uno de cada dos niños y niñas menores de dos años están crónica e irreversiblemente desnutridos. Esto habla de no tener en muchos casos ni para comer o para una medicina, menos para un libro o para un adecuado desarrollo intelectual y físico. Sin embargo, a Filgua 2018 llegaron 18 mil 192 niños, niñas y adolescentes desde 18 departamentos del país. Eso tiene sabor a camino, a futuro, a ilusión, a irreductible esperanza.

Por todo lo anterior, es perverso que la Cámara de Industria (CIG) quisiera evitar, solo 10 días antes de la Filgua 2018, que esta se realizara. Y ahora entorpece el desarrollo de la Filgua 2019, afectando a la Gremial de Editores que ha levantado esa feria en todas sus ediciones, y peleando por una marca que nunca le interesó y que jamás ayudó a construir. Desde la más rala ignorancia o la más mala intención, la CIG ha querido vender la idea de que la feria tiene dueños —ellos— e ideología —de los otros—, y por eso quieren destruirla. Eso denota que ni siquiera recorrieron la feria, y menos se interesaron por los títulos tan diversos de las editoriales presentes o la amplia y diversa oferta cultural allí promovida. ¿Cuál es realmente la intención de la CIG, apoderarse de una marca que nunca quisieron o continuar alimentando la ignorancia en Guatemala y censurar el pensamiento crítico? Las características del fascismo corporativista hablan del poder conferido por un Estado autoritario a las grandes asociaciones de empresarios, con el fin de monopolizar la representación de sus intereses. ¿Es así?

La Filgua es el evento cultural más grande del país y en 2019 se dedicará a Humberto Ak’abal. Sin educación y cultura, Guatemala no despegará jamás. Censurar las ideas ha sido práctica vieja de opresores con poder, pero la era del conocimiento demanda liderazgos más inteligentes. Que no sea la memoria de obispos incendiarios lo que nos inspire, sino las ganas de ser un país y vivir en él como seres humanos, con razón, con libertad y dignidad.

cescobarsarti@gmail.com