Opinión

Aleph

La miseria, las migraciones y la aporofobia

Carolina Escobar Sarti

Carolina Escobar Sarti

¿Alguien le ha preguntado a una persona pobre cómo se siente vivir en su situación? ¿Alguien ha usado el conocimiento de esas personas para construir, con ellas, un mundo sin miseria? “Pensamos que nuestro saber no vale nada”, dice una de ellas en Guatemala; “Nos tratan como imbéciles”, dice otra en Bolivia; y una tercera en Madrid señala: “Nadie nos quiere a su lado. No hay lugar para nosotros en esta tierra. Nos tratan como a perros”.

En el mundo hay 767 millones de personas viviendo en condiciones de extrema pobreza, creyendo que les espera una vida mejor en el otro mundo, y sintiendo vergüenza porque la pobreza aplasta. Esto representa aproximadamente el 10 por ciento de la población del planeta. Y es tan loco todo que, según Oxfam, solo ocho hombres en todo el mundo poseen la misma cantidad de dinero que los 3.6 mil millones de personas que conforman la segunda mitad más pobre del mundo.

La pobreza no es otra cosa que la privación del bienestar. Bien-estar. Y el problema de fondo no es de pobres contra ricos, sino de todos los sectores de poder que toman las decisiones fundamentales en los países y hacen (o no) cumplir políticas públicas para erradicar la miseria. En un país donde todos parten de las mismas oportunidades, ¿qué más da si alguien tiene tres, diez o ningún vehículo; si alguien cree que una casa, una buena educación, una buena salud y un buen trabajo son suficientes para levantar futuro; o si alguien más precisa de piscina, cuentas en Suiza y helicópteros para ser feliz? Mientras haya un Estado de bienestar que permita a cada persona, desde la infancia, acceder a una educación idéntica y de calidad, a un sistema de salud de primer orden, a la posibilidad de contar con una vivienda, un negocio o un empleo dignos, cada quien debería poder elegir si vive con lo básico, si con un poco más o si quiere acumular millones.

El problema está en que una de cada 10 personas en el mundo vive con la carne pegada al hueso, especialmente en África y América Latina. El problema es que la desnutrición crónica es irreversible y deja a millones fuera de la jugada del desarrollo para siempre. El problema es que muchos que sí han estudiado y tenido oportunidades sostienen un sistema idiota que permite, por ejemplo, el pago de 56 millones de dólares mensuales a un solo jugador en un mundial de futbol (Forbes/México), mientras esos 767 millones viven con menos de US$1.9 diarios. ¿Será esto parte de esa “aporofobia” que nombró Adela Cortina, y que no es otra cosa que el rechazo y la aversión a los pobres?

¿Se habría dado un éxodo de siete mil personas centroamericanas, principalmente hondureñas, si por acá no hubiera un sistema tan inequitativo sostenido por un pacto de corruptos con mucho poder? Migrantes a quienes sus países han escupido y ahora quieren criminalizar, migrantes que no son ilegales porque ninguna persona es ilegal sino indocumentada, en todo caso; migrantes que están haciendo justo lo que la ley les pide para pedir refugio y asilo: huir de la violencia y estar en el territorio donde buscan asilarse.

Recién pasó el Día internacional del rechazo a la miseria. Nos quedan 767 millones de razones para seguir luchando. Movimientos como ATD Cuarto Mundo, que fundara Joseph Wresinsky en 1956, trabaja con la gente, escuchándola y acompañándola para que esto cambie. Invertir esta situación es un proceso largo, como dice Álvaro Iniesta, pero creo, como él, que es de todas las personas el “derecho a habitar la tierra. El derecho a existir, a ser persona. El derecho a ser reconocido y tratado como ser humano pleno. El derecho a ser tomado en cuenta en la construcción de nuestra humanidad común, en la construcción de las sociedades en que vivimos, en nuestro mundo”.

cescobarsarti@gmail.com