LA BUENA NOTICIA

No entiendo

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Perplejidad.  Quizá esa sea la palabra que expresa mi incapacidad para entender cómo se puede proponer el aborto como un derecho de la mujer, cómo se puede decretar que un feto humano de tantos meses todavía no es persona sujeto de derechos, cómo se puede pensar que la violencia del aborto pueda ser la solución al ultraje sufrido por una niña que ha sido víctima de violencia sexual.

No creo que el hecho de que quien escribe sea obispo católico signifique que en consecuencia estoy incapacitado para pensar y razonar. O que mis pensamientos y razonamientos estén sesgados y obnubilados. Más bien pensaría que el hecho de ser sacerdote católico me hace sensible a los aspectos morales y éticos de los conflictos y problemas humanos. El conocimiento moral y ético no es un conocimiento técnico. Este conocimiento caduca y queda superado con el próximo descubrimiento de la física o de la química. El conocimiento moral y ético es de naturaleza humanista, y como el arte, crece sin olvidar sus raíces, se enriquece con la experiencia secular de la humanidad. Y uno se sabe arraigado a una tradición moral que por siglos, y no solo en la cultura cristiana, sino en muchas otras culturas y religiones, ha considerado el aborto un crimen abominable.

Lo primero que uno constata es el remordimiento, la angustia, la memoria afligida que pesa en la mente y el corazón de la mujer que se ha provocado un aborto. Años después del hecho, la aflicción permanece. Uno ha tratado, consolado, sostenido y ayudado a perdonarse a sí mismas a docenas de mujeres que cargan encima el recuerdo de una acción que luego lamentaron haber hecho, porque la hicieron presas del miedo y del qué dirán. Uno se conmueve ante la humanidad, la sensibilidad, de esas mujeres que finalmente alcanzan en el perdón de Dios la paz de la conciencia. ¿Humaniza mejor a la mujer, la hace mejor persona, mentalizarla para que crea que lo que siente como acto malo y equivocado es en realidad un derecho? ¿Llega a ser mejor mujer la que pierde la sensibilidad moral, de modo que ya no considera lo que lleva en sus entrañas un hijo sino una excrecencia extirpable? No entiendo.

Pero es que los embarazos, resultado de la violación, del incesto, del puro juego sexual son otra cosa, se argumenta. Ese embarazo no fue buscado, no fue querido, fue impuesto por la fuerza de un abusador o fue un accidente imprevisto de un juego de adolescentes. (¿Y desde cuándo el sexo es juego?) Pero, replico, ¿qué es ese embarazo? ¿Un tumor? ¿No es acaso un ser humano? Ciertamente todavía no se vale por sí mismo. Aunque todavía no se haga notar en la curva del vientre, no puede ser otra cosa, sino un ser humano, reconocible genéticamente como tal. ¿Por qué negarle la categoría humana y los derechos inherentes a la persona? ¿Porque no puede aún valerse por sí mismo? ¿Porque depende totalmente de su vínculo con la madre? Si no se respeta al ser humano en cualquiera de los estadios y etapas de su existencia, desde la concepción a la muerte natural, se acabará por no respetarlo de ninguna manera. Se creará la convicción de que las personas son descartables a cualquier edad. Hace pocos años nos revelaron que, en los años 40, acá vinieron a experimentar con “guatemaltecos desechables” algunas vacunas contra la sífilis y otras enfermedades venéreas. Es la misma lógica. ¿Cómo podemos reivindicar derechos humanos, si algunas personas tienen la facultad de decidir que otras no lo son? No entiendo.

Hago la reflexión porque nos quieren hacer creer que somos un pueblo atrasado, que oprime a las mujeres porque no pueden abortar legalmente. No estoy de acuerdo. ¿Será porque soy cura o porque pienso?

mariomolinapalma@gmail.com

ESCRITO POR:

Mario Alberto Molina

Arzobispo de Los Altos, en Quetzaltenango. Es doctor en Sagrada Escritura por el Pontificio Instituto Bíblico. Fue docente y decano de la Facultad de Teología de la Universidad Rafael Landívar.

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