Opinión

Pluma invitada

¿Por qué jamás iremos a un mundial?

Pablo Rodas Martini

Pablo Rodas Martini

Yo tendría nueve o diez años cuando me percaté de que  Guatemala jamás participaría en una copa mundial de futbol o si por algún milagro clasificase sería aplastada. De eso serán casi 45 años. Esa noche la selección nacional se enfrentaba al Huracán de Argentina. Mi hermano iba con unos amigos y me llevó con ellos. Tan pronto los jugadores salieron a la gramilla me quedé impactado, una de esas imágenes que te quedan grabadas para el resto de tu vida. Al instante supe que Guatemala perdería fácilmente y que el destino del futbol nacional era trágico.

¿Qué me impresionó tanto? Las secciones deportivas de la prensa nacional siempre traían fotografías de nuestros deportistas, todos con cuerpos atléticos. Sin embargo, cuando salieron a la gramilla la comparación con los argentinos era abismal: los chapines parecían desnutridos, famélicos, como si el grosor de las dos piernas juntas equivalieran al grosor de una sola pierna de los argentinos —en ese entonces se jugaba con pantalonetas más cortas que ahora—. En futbol había que correr mucho, había que patear con fuerza: los guatemaltecos no tenían ningún chance contra los argentinos y nuestro futbol no tenía futuro.

Con el transcurso de los años comprendí que había una gran corrupción en el deporte nacional, en particular en el futbol, reduciendo así el aporte efectivo que el deporte nacional recibía. En 1985 se aprobó la nueva Constitución y se otorgó al deporte nacional la transferencia monetaria más cuantiosa de toda la región en términos relativos al tamaño de su economía, lo cual volvió más tentador llegar a ser directivo, igual que las elevadas transferencias a las alcaldías —transferencias que han aumentado con el tiempo— hizo muy atractivo convertirse en alcalde.

De ninguna manera sugiero que esas transferencias sean malas —para nada—, solo enfatizo que la corrupción dejó de ser coto exclusivo del gobierno central y se “descentralizó”. Ningún dinero del gobierno, por masivo que fuera y aunque asumiéramos una administración íntegra, llevaría a la selección a un desempeño honorable en una copa del mundo.

Lo que me impactó tanto en ese partido contra Huracán tenía raíces mucho más profundas, raíces que ninguna transferencia al deporte lograría mejorar, algo de lo cual no tomé conciencia sino hasta años después. Los jugadores chapines que salieron esa noche a la gramilla no eran sino el resultado de una sociedad pobre, donde la clase trabajadora campesina y citadina se alimentaba de manera deficiente. La desnutrición infantil “producía” esos cuerpos de “atletas” no atléticos que tenían nuestros futbolistas.

Algunos dirán que no nos va bien ni en las copas mundiales de futbol ni en las olimpiadas porque nuestra población mestiza e indígena es de menor estatura al promedio internacional. Eso podrá ser cierto para deportes como el basquetbol, el volibol u otros donde la altura es determinante, pero no en el futbol: Maradona mide solo 1.65 metros y Messi 1.70 metros. En futbol la altura podrá ser relevante, pero no es decisiva. Los pequeños, si son habilidosos, pueden llegar a ser de los mejores del mundo. Y, por cierto, la altura media de los guatemaltecos sería mayor de no ser por la deficiencia alimenticia: la desnutrición infantil se mide en relación al peso y la altura, por lo que un chiriz desnutrido tiene muy pocos chances de llegar a ser fornido y alto de adulto.

La raíz profunda que afecta al futbol nacional no es otra sino la desnutrición, más acentuada en las capas pobres, el granero de la mayoría de nuestros futbolistas. La raíz profunda, por tanto, responde a un modelo de desarrollo que nos da centros comerciales modernos y cientos de miles de vehículos, pero también a una población cuyo promedio educativo y nutrición es de las más bajas del mundo. ¿Tendrá que pasar otro medio siglo?