Opinión

Aleph

Religión y política

Carolina Escobar Sarti

Carolina Escobar Sarti

Que cada quien profese la fe que desee. Mi artículo no va en la línea de cuestionar las creencias de nadie, sino de iniciar una reflexión en dos sentidos, como ciudadana de un Estado supuestamente laico: 1) Las facciones más institucionales, poderosas y conservadoras de las Iglesias, se han vinculado históricamente con el poder político, para darle respuesta a los intereses del poder económico; y 2) El dogma de fe, difundido desde cualquier púlpito político, impacta profundamente la psiquis de las personas, imposibilitadas de cuestionar lo sagrado. Quienes lo saben también saben que pueden manejar realidades con ello, porque inducen una manera de ver el mundo, de representar la autoridad y de ejercer el poder.

Un ejemplo. El Informe Rockefeller sale a luz en 1969, tras una gira que Nelson Rockefeller, entonces vicepresidente de Richard Nixon, hizo un año antes por América Latina. Comenta que la Iglesia Católica no era “un aliado seguro para EE. UU.” En 1912, el presidente Roosevelt lo había dicho así: “Creo que será larga y difícil la absorción de estos países por EE. UU., mientras sean países católicos”. El informe Rockefeller afirmaría que el catolicismo era “un centro peligroso de revolución potencial”. Señalaría a la Iglesia Católica como causa fundamental de no poder implementar sus políticas de control poblacional y recomendaría a su gobierno reemplazar a los católicos latinoamericanos por “otro tipo de cristianos”, promoviendo las llamadas “sectas” que brotaban del árbol pentecostal estadounidense. El mensaje subyacente estaba lanzado: al liberalismo económico le servía más el evangelio de la prosperidad que sostiene que la abundancia financiera y el bienestar físico de las personas son la voluntad de Dios, que un catolicismo culposo que considera más fácil ver pasar a un camello por el ojo de la aguja, que a un rico entrar al reino de los cielos.

Años 60 del siglo XX: los misioneros llegan en mayor número a Guatemala y luego, a ritmo de tierra arrasada, surgen los templos evangélicos en pueblos y comunidades. 2004: Eldred, pastor estadounidense, dice en el Congreso mundial de crecimiento de Iglesias, celebrado en Guatemala: “este mundo es un mundo de pastores y de hombres de negocios. Esta relación entre pastores y hombres de negocios ha sido atada en el cielo, constituye un matrimonio atado en el cielo. Jesús comenzó su vida como comerciante, como hombre de negocios y ha hablado de business (sic)”. 2018: en Guatemala vivimos un sistema de gobierno que, entre otras gracias, tiene características de una teocracia; no hay separación entre Estado e Iglesia. Y en el extremo sur del continente, el candidato brasileño, Jair Bolsonaro, tras una intensa campaña con principales líderes de las iglesias pentecostales y neopentecostales, sube en un par de meses de un 26% de votantes, a un 42% (ojo, Guatemala, elecciones 2019).

Estudios como el de Claudia Dary (http://www.flacso.edu.gt/publicaciones/wp-content/uploads/2017/02/debate-3.pdf) o Jesús García-Ruiz (http://www.redalyc.org/pdf/3872/387239044003.pdf), sobre la penetración del pentecostalismo y neopentecostalismo en el país y la región, desentrañan los nexos de estas Iglesias con la política. Mansilla y Lindhardt, citados en Dary, dicen que la teología de la prosperidad y el uso masivo de los métodos de mercadeo y medios de comunicación para llegar a las personas son dos características clave del neopentecostalismo. “Hay una maquinaria que gestiona el mundo espiritual y lo articula con el material para producir un mensaje atractivo y generar nuevos adeptos así como réditos económicos”, dice Dary. “Cuando la política deviene religión, cada decisión política se convierte en cuestión de vida o muerte, toda batalla política es una cruzada, una guerra santa, una cuestión de bien y de mal”, dice Gabler. ¿Así Guatemala? ¿Y dónde está Dios en todo esto? ¿Para cuándo la razón, la ética y el amor al prójimo?

cescobarsarti@gmail.com