Opinión

Aleph

Tanmirt Sáhara

Carolina Escobar Sarti

Carolina Escobar Sarti

“Tanmirt” significa “gracias” en el idioma de los bereberes (hoy imazighen u hombres libres) que habitan el norte de África. Y decir Sáhara (con acento en la primera a) es lo mismo que decir desierto. Gracias desierto, es entonces, el título que doy a este artículo, porque la experiencia no se compara a ninguna otra y ha quedado en mi memoria celular para siempre.

Durante 25 años de ejercer el columnismo, nunca usé este espacio para contar los detalles de ningún viaje. Siempre me pareció que no era el lugar para hacerlo, ya fuera porque me sabía a pedantería, a foto Kodak narrada, o porque pensé que había cosas más importantes sobre las cuales hablar. Por ejemplo, ahora sería más importante hablar de la basura que no hay que tirar en playas, ríos y lagos; de las innumerables tradiciones católicas de esta época; del esperanzador mensaje del papa Francisco Bergoglio y del cuestionable papel que ha jugado el Nuncio en Guatemala; del maravilloso bacalao que prepara mi madre o de lo vigilante que seguirá estando la ciudadanía luego de estos días de tregua política y jacarandas. Sin embargo, aprovecho el espacio que ofrece la Semana Santa, cuando aún menos personas me leen, para quebrar mi propia regla y compartir algo más que una simple experiencia de viaje.

Y no haré ninguna vinculación semanasantesca de los 40 días en que Jesús pasó en el desierto, porque no viene al caso. Comienzo por recordar que, más o menos a la mitad de un camino de más de mil 300 kilómetros recorridos, estuvo el desierto. El dromedario que acompañaría esa parte del viaje se levantó bruscamente y comenzó a andar con su carga (que era yo), en medio del frío y de un viento fuerte que deshizo los turbantes y fue cambiando la forma de las dunas color terracota, mientras en el horizonte se anunciaba el ocaso de otro día. Pensé en la belleza de lo efímero. En las veces en que tantos seres humanos habían recorrido mucho antes la Ruta de la Seda. Luego el silencio por casi dos horas. Silencio y viento. Silencio y desierto. Silencio y la memoria celular de las infinitas tribus nómadas que crecieron la humanidad. Más silencio.

Llegamos de noche al campamento, con un viento que solo la piel erizada y el cuerpo aterido pueden recordar. Imaginé lo difícil que habrá sido ser nómada y habitar en el desierto sin volverse una roca. Nos esperaba un té verde caliente con hojas de hierbabuena, y luego un tagine hecho en olla de terracota. Y después, de nuevo el silencio, la profunda oscuridad, el frío calando hasta los huesos, el sonido interminable del viento queriendo levantar la tienda de campaña, y la arena colándose por cada rendija del cuerpo, de la vida, de la noche. Tan parecidos todos los desiertos. ¿Será por eso que para tantos místicos de la literatura persa, el desierto simboliza el lugar de la extinción o el abandono del “yo”, ese lugar donde se da la liberación de uno mismo a través de la muerte voluntaria?

Un aplauso afuera de la tienda de campaña fue la señal. Hora de tomar un té caliente y volver al desierto para amanecer en él. Hora de leer las dunas del desierto, sus letras y su música. Hora de dejarse llevar por el ritmo del dromedario (hjuuuu, hjuuuu, hjuuuu, hjuuuu), tshhhhh (el viento). Hjuuuu, hjuuuu, hjuuuu, hjuuuu, tshhhhh. Hjuuuu, hjuuuu, hjuuuu, hjuuuuu, tshhhhh. Esto no me llevó a otra parte que a los versos de Rumi: “Ven,/ Te diré en secreto/Adónde lleva esta danza./ Mira cómo las partículas del aire/ Y los granos de arena del desierto/ Giran sin norte./ Cada átomo/ Feliz o miserable,/ Gira enamorado/ En torno del sol.”

Llegamos un par de horas después al lugar de dónde habíamos partido el día anterior. Apenas una noche y un día en el desierto, y todos los demás días en aquella región del norte de África, cobraron un sentido distinto. Tanmirt Sáhara. Ningún desierto será el mismo a partir de ahora.