Opinión

Aleph

Terca de la esperanza, pero realista

Carolina Escobar Sarti

Carolina Escobar Sarti

Estamos a las puertas de un año electoral que estará marcado por una evidente confrontación asimétrica entre un alto porcentaje ciudadano que ya se quitó la venda de los ojos ante la corrupción, y un Pacto de Corruptos (PDC) que actúa desesperadamente pero sin tregua en la defensa a ultranza de un sistema que sostiene privilegios, corrupción e impunidad. La última estocada del PDC fue la reciente elección de la actual Junta Directiva del Congreso, con todo y su posterior intención de suprimir la Corte de Constitucionalidad (CC).

La ciudadanía tiene supuestamente el poder soberano que le es otorgado desde nuestra Constitución, pero no tiene el poder real de decisión y acción desde las instituciones democráticas, en las cuales están los representantes —también supuestamente— electos por esa misma ciudadanía. Teoría pura, porque en Guatemala se vota pero no se elige. Por otra parte, quienes deberían representar al pueblo tienen una visión distorsionada del poder y olvidan que sus salarios los paga la ciudadanía y que es a ella a quien se deben, no a los grupos de poder que integran el PDC y que muchas veces complementan jugosamente sus honorarios.

Estamos hablando de un momento político muy doloroso, que irá mucho más allá de los pesos y contrapesos que usualmente se dan antes de elecciones. Sin dejar de ser una terca de la esperanza, trato de no perder de vista una realidad que frustra e indigna. Estamos frente a unas elecciones determinantes para iniciar la recuperación de la democracia y la República que nos están arrebatando poco a poco, a partir de una estrategia diseñada cuidadosamente para restituir el PDC que el 2015 puso a temblar. Comencemos por pensar que el mejor resultado posible de las elecciones 2019 podría ser un nuevo y mejor equilibrio de fuerzas en el próximo Congreso. Pero sin haber cambiado el sistema electoral y de partidos políticos de fondo, no tengo la certeza de los alcances y cambios reales a los cuales podríamos aspirar.

Tengo claro el sentido de proceso y espero que enero 2019 ponga un mojón inspirador en esta carretera electoral que iniciamos. Sin embargo, no comparto con algunos analistas, que lo único importante ahora sea ganar las elecciones. Será la única oportunidad real, pero no lo único importante a empujar. Es cierto, seguimos, como hace dos años, con una Guatemala sin presidente, acéfala; seguimos con una Guatemala cada vez más alejada del concierto de naciones, sola; seguimos con los peores indicadores sociales y de violencia en el continente y el mundo. Lo que cambia es una ciudadanía harta del PDC. Sabemos que solo la Plaza no cambia un país o solo las elecciones tampoco, son ambas y desde un sentido de organicidad y unidad. Aún si los del PDC son tan impopulares entre la ciudadanía —y podrían serlo aún más durante las elecciones—, tenemos que recordar que ellos tienen el poder real, el dinero y una estrategia bien montada y mejor pagada para el 2019. Por eso hablo de asimetría, no de imposibilidad; hablo de una lucha que nos va a doler y desgastar, no de resignación.

Nuevos actores han entrado a la cancha política y eso es bueno para la democracia que queremos, pero no para un PDC al que no le gusta perder privilegios o enfrentarse en elecciones a quienes no usan la corrupción como método. Vuelvo a insistir: la corrupción no es la causa o la consecuencia de nuestros males, es el método que engrasa ese sistema perverso, lo cual es peor. Las causas y consecuencias se atacan y resuelven, el método permanece como la semilla de la mala hierba que, cuando menos esperamos, quiere volver a ahogar los campos bien sembrados. A menos que hagamos como dijo Gramsci: “al pesimismo de la razón, hay que fortalecer el optimismo de la voluntad”. No será fácil.

cescobarsarti@gmail.com