Opinión

Ventana

Atención, señores del Banco Mundial

Rita María Roesch

Rita María Roesch

Las imágenes del domingo 19 de agosto,  en la primera plana de Prensa Libre, muestran  la diferencia entre las conexiones neuronales  de un niño sano, nutrido, atendido con amor, y las conexiones de un menor desnutrido y en condiciones de abandono. La  diferencia es del cielo a la tierra. Cada  beso, cada abrazo,  como la comida nutritiva que recibe desarrollan  su cerebro. Es probable que muchas madres no sepan que el  80 por ciento  del cerebro de su  bebé se forma antes de los dos  años. El mensaje del reportaje de Prensa Libre es demostrar  que  la  desnutrición en los niños  de 0 a 5 años impide que su  potencial genético  se desarrolle.  Los  daños sufridos en la infancia conducen a la incapacidad permanente y podrían afectar a las futuras generaciones. En Guatemala vivimos la  tragedia de este flagelo. El   46.6 por ciento de nuestra niñez está desnutrida. Eso se  traduce  en más  de un  millón y medio de niños que posiblemente  verán  afectada su vida para siempre.  Somos el país con la tasa de desnutrición más alta en  América Latina, “casi el doble que Bolivia”.  Duele. ¿Qué futuro nos espera?

Esta situación requiere que actuemos pronto. Ya perdimos una generación con los gobiernos de Pérez Molina y el de Jimmy Morales. La desnutrición crónica es un reflejo de lo mal que estamos como país. Es un problema complejo que requiere de un abordaje integral, de trabajo en equipo de los sectores privado, sociedad civil e instituciones como salud, educación, vivienda, economía, agricultura y la comunidad internacional. Combatir esta calamidad es nuestro mayor desafío. ¡Nos exige que aprendamos a trabajar unidos por Guatemala! “Nuestra mayor riqueza es nuestra gente”, exclamó el Clarinero.

¿Qué hacer para que esta tragedia no sea mayor año con año? Recordé que a finales de los años 70 una querida amiga, Luz Marina Delgado, que vivía en San José Poaquil, Chimaltenango, me invitó a que la apoyara en la creación de un centro de nutrición infantil. El centro se llamó Ri Palamax, o La mariposa, en kak’chikel. Las señoras acudían con sus pequeños hijos para aprender recetas deliciosas a base de plantas naturales locales, entre ellas el amaranto, por su alto valor proteínico. El atol de amaranto, y diversas clases de salsas a base de pepitoria y ajonjolí, eran algunas de las muchas recetas que Luzmi les enseñaba. De mi lado entrené a dos jóvenes maestras para que las mamás aprendieran sobre estimulación temprana y actividades de motricidad fina y gruesa, que es fundamental para desarrollar habilidades en los pequeños. Años después, Luzmi publicó un libro que contenía una propuesta nutricional accesible a las familias del área rural titulado Manos de mujer. Fue un éxito.¿Por qué les cuento esta historia hoy?

¿Qué habríamos hecho si, en los años 70, hubiéramos tenido en nuestras manos el poder de la tecnología celular y sus aplicaciones o APPs? Me encantó el ejemplo que vi de la APP salvavidas que las comadronas de Tecpán usan ahora para atender a sus pacientes. Imagine un camino hacia la solución del problema de la desnutrición. Con el préstamo de 100 millones de dólares que el Banco Mundial colocará para combatir la desnutrición en Guatemala podríamos crear una red de microfranquicias en todas las aldeas del país, manejadas desde una APP, que servirían para organizar a cientos de micro y pequeñas empresas dedicadas a la producción y venta, entre sí, de los bienes y servicios que son necesarios para desarrollar un plan integral de salud y nutrición, porque generando empleo e ingresos se puede resolver de una manera sostenible esta tragedia nacional de una vez por todas. ¿Me escuchan, señores del Banco Mundial?, preguntó el Clarinero.

clarinerormr@hotmail.com