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Pizzagate y el acoso bajo rumores

Antonio Mosquera Aguilar http://registroakasico.wordpress.com

El restaurante Comet en Washington D. C. ofrece sabrosas pizzas. Mientras se espera, en la trastienda se juega ping pong. Un error que cometió el dueño, James Alefantis, fue decorar los cuatro deltas que rodean el rótulo con sendas lunas con estrellas, ahora despintadas. El parecido con el símbolo islámico cayó mal a partidarios de la teoría de la conspiración. Se sabe que ese símbolo fue utilizado en Bizancio para representar a su patrona Artemisa, motivo para algunos fundamentalistas cristianos de señalarle implicaciones satánicas.

Se generaron varias comunicaciones en las redes sociales que finalmente cayeron en las manos de una oficina de mensajes electrónicos contra Hillary Clinton. Con diligencia recogieron las comunicaciones donde se reproducían especulaciones que relacionaban puntos de la capital de EUA con estrellas de cinco picos. En una de ellas, uno de los vértices, la plaza Dupont hace línea con la Casa Blanca. Si se origina otra estrella en esa línea como reproducción fractal, se relacionan dos centros católicos, el de San Juan y el Santísimo Sacramento con otras dos instituciones, una de la Iglesia Episcopal y la otra de la Familia Creativa. Si se cuenta bien, faltaba el último vértice de la estrella. Allí se encontraba la pizzería, objeto de especulación por ese grupo. En común, las instituciones tenían la presencia de niños y niñas.

Católicos con niños y niñas fueron caldo de cultivo para especular con la pedofilia. En los colegios no había indicios de tal comportamiento. Pero, quedaba Comet, la pizzería. ¿Por qué no podía ser un antro de perversión? La oficina de propaganda con mensajes electrónicos había descubierto una cámara de eco. Así se llama a un conjunto de adictos a recibir mensajes de personas dedicadas a cultivar un tema. Los hay fanáticos de artistas, bebidas, creencias religiosas y temas diversos. Los conspiranoicos agrupados en esa cámara creían la existencia de cultos infanticidas. Los niños gustosos de consumir los grasientos panes italianos se engordaban para ser el alimento de Moloch.

La oficina de propaganda sabía que Hillary había escogido al católico Tim Kaine. El político había sido ayudante en obras de caridad en Honduras. No necesitaba recordarlo o mencionarlo, su blanco era Hillary. Esperaron la cercanía de la votación a la presidencia. Con una semana de antelación, al 8 de noviembre de 2016, introdujeron en la cámara de eco la noticia de que la trastienda de la pizzería estaba equipada con celdas, camas y otros instrumentos de tortura para secuestrar a pequeños con dedicatoria a la pedofilia. La organizadora de la operación era la misma Hillary. El coctel estaba mezclado, solo faltaba agitarlo. Los mensajes originados por miembros de la cámara de eco fueron reenviados. De esa manera se alcanzaba a otros racimos de telecomunicaciones inventariadas por los promotores de campaña negra. Nuevos entusiastas generaron páginas electrónicas, hasta en castellano, para amplificar la noticia. Se conoce a esta operación como reproducción de microblancos.

Si se le pregunta a un ciudadano crítico dirá que nadie cree acusaciones graves de carácter sexual sin pruebas. Pero el 6 de diciembre de ese año, Édgar Madison Welch, armado con una escopeta, ingresó al local, disparando al techo, a la espera de la llegada de la policía. Estaba convencido de la heroicidad de su acción para descubrir el siniestro culto diabólico, mientras encañonaba al dueño y trabajadores. La campaña negra quedó al descubierto. A jueces y particulares conviene recurrir a la sana crítica razonada, pues evita engaños.

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