Pluma invitada

¿Democracia en ruinas?

Las últimas mediciones sobre la aceptación y percepción de la democracia en Guatemala arrojan datos preocupantes. Siete de 10 guatemaltecos creen que la democracia sirve para poco, que tiene serios problemas o, en el peor de los casos, no comprenden qué es. Como muestra de nuestra débil y deteriorada democracia, en el último proceso electoral tuvimos una de las peores participaciones cívico-electorales en la era democrática.

El descontento del guatemalteco con lo que asocia con el término democracia es el resultado de una pésima gestión del poder político y de un Estado sin un poder realmente limitado o enfocado en solucionar los problemas que aquejan al país. Lo contradictorio de la democracia en “ruinas” es que los mismos mecanismos democráticos pueden servir para fortalecerla o destruirla. Pero la democracia, como sistema de elección de gobernantes, no es realmente una garantía para solucionar los problemas sociales y económicos. La destrucción de la democracia a través de la democracia se puede originar con propuestas antisistemas —populistas— que capitalizan el mismo descontento de la democracia para proponer algo diferente. Hemos visto a lo largo de la historia cómo la implementación de estas políticas concluyen en la destrucción de las pocas instituciones funcionales de un país e inclusive con la eliminación de los mecanismos democráticos como forma de elección popular.

El descontento con la oferta política y la democracia es utilizado hábilmente por algunos para incentivar odio, división y destrucción. Lo irónico de esto es que pretenden destruir la democracia como modelo de elección a través del mismo voto democrático. Esto nos debe hacer reflexionar en si es realmente nuestra democracia lo que está en ruinas.

El descontento que se ve reflejado con lo que se asocia con la palabra “democracia” —que, dicho sea de paso, hay elementos pendientes por mejorar, como la representatividad— no es necesariamente una molestia con el sistema democrático, en todo caso es un descontento con la pobreza, la falta de oportunidades o la violencia. Estos problemas no le competen, necesariamente, al sistema democrático de elección popular, sino a las instituciones sociales y políticas que son manejadas por las autoridades electas.

Guatemala no tiene realmente una democracia en ruinas, pero está propensa a estarlo si los problemas de fondo del país no son resueltos; paradójicamente esto podría suceder a través de la misma democracia. Para que la democracia sea funcional y deje de ser la representación de las frustraciones del país, necesita de un poder político limitado, dividido y disperso.

Por otro lado, recordemos que a través de los siglos la organización del Estado ha encontrado necesario límites al poder delegado democráticamente. Estos límites al poder que el pueblo delega a sus gobernantes son un mecanismo trascendental para que el poder público se utilice para las causas adecuadas, como asegurar la aplicación de la ley y la seguridad. Cuando un Estado tiene poder delegado por el pueblo de forma democrática y ese poder público tiene límites, contrapesos y está disperso en instituciones funcionales, estamos frente a un Estado republicano y democrático. Esta es la aspiración de un Estado moderno. Un Estado que tenga poder público específico para las tareas que le competen y se limite el uso del poder público para corrupción y prebendas de unos pocos que intercambian favores para enriquecerse.

Seguramente habrá escuchado la frase que el Estado de Guatemala es una república democrática, frase que es una aspiración pero no una realidad. Una aspiración necesaria y urgente de ser construida para mejorar la calidad de vida de los guatemaltecos.

* presidente ejecutivo Movimiento Cívico Nacional